Escritos de Kurt Schwitters
Kurt Schwitters - Hannover, Waldhausenstrasse, 5
Yo y mis metas
El principado viviente como reserva natural
Merz
Kurt Schwitters - Hannover, Waldhausenstrasse, 5
Nacido el 20 de junio de 1887 en Hannover.
Cursé el bachillerato en el Instituto Real de Hannover y,
cediendo al deseo de mis padres, tuve que estudiar para el examen de
selectividad, pero a mí sólo me atraía la
pintura, la poesía y el modelado en barro.
Me formé durante un año en la Escuela de Artes y
Oficios de Hannover y de 1909 a 1914 en la Academia de Bellas Artes
de Dresde. Durante este tiempo también frecuenté la
entonces Academia de Bellas Artes de Berlín, que me
despidió por incurable carencia de talento. No puedo decir
que tuviera mucho éxito en las escuelas artísticas que
conocí porque tengo la desgracia de no poder aprender y lo
que yo de veras quería no figuraba en el programa. El arte,
para mí, significa creación, nunca imitación,
ya sea de la naturaleza o de colegas aventajados, cosa frecuente por
otra parte. Durante la guerra las cosas no pudieron ir peor. Lo que
había aprendido en la Academia no podía usarlo y lo
nuevo, aunque podría haberlo usado, todavía
tenía que madurar; para colmo, a mi alrededor se lio una
estúpida lucha por cosas que no me importaban lo más
mínimo. Y de buenas a primeras la gloriosa revolución.
No confío demasiado en las revoluciones, la humanidad no
está preparada todavía para ellas. Es como si el
viento arrancara las manzanas antes de madurar; sería una
pena. Pero con ella llegó también el fin de ese enorme
engaño que los hombres llaman guerra. Sin previo aviso
dejé mi empleo y las cosas empezaron a fluir. Fue entonces
cuando empezó la verdadera fermentación. Me
sentía libre y no podía hacer otra cosa que dar rienda
suelta a mi alegría. Éramos un país empobrecido
y, dada la escasez, aprovechaba todo lo que encontraba. Se puede
estar alegre incluso entre la basura y eso es lo que hice: la
recogí, la encolé, la clavé, y la llamé
Merz; no era otra cosa que una plegaria por la salida victoriosa de
la guerra, pues una vez más la paz había triunfado.
Todo estaba destruido y se trataba de construir a partir de los
escombros. Y esto es precisamente Merz. Yo pintaba, clavaba, pegaba,
versificaba y experimentaba el mundo en Berlín. En aquel
entonces Berlín era la ciudad más barata del mundo y
el punto de encuentro de millones de extranjeros interesantes.
Allí es donde mi Anna Blume celebró su triunfo, y
allí también se me despreciaba, se me hacía el
vacío y se me amenazaba por carta. Yo mismo era un reflejo de
la revolución, pero no de cómo fue sino de cómo
debería haber sido. Soy además artista de Sturm y
tengo en gran estimo a Herwarth Walden por su valeroso trabajo.
Y de nuevo de buenas a primeras la revolución llegó a
su fin. Pero algo en mi interior siguió fermentando como
fermenta en Alemania el buen cava encerrado en botellas. Yo
seguía construyendo, y mi empeño no radicaba en los
escombros sino en la construcción. Poco más puedo
decir de mi arte. Pero el hombre también tiene que vivir,
así que una vez más me puse a buscar el primer empleo
que saliera. Esta vez le tocó el turno a los anuncios y, en
general, al diseño de impresos. Sólo en el
último año he ideado más de 400. En la
actualidad soy consejero artístico de la ciudad de Hannover,
y desde hace ocho días miembro del club PEN,
¿quién me lo iba a decir?
Mi lema fundamental en lo tocante al diseño
tipográfico es el de expresar en cada momento lo que en cada
momento se quiera. Habría que extenderse mucho para ser
más preciso en lo que se refiere, por ejemplo, a la posible
finalidad del diseño tipográfico. Considero
especialmente importante, sin embargo, dejar claro que no existe
ninguna regla si acaso un esquema a partir de la cual se pueda
siempre trabajar. En ocasiones puede crearse todo un sistema para un
trabajo en concreto, pero excepciones al respecto no faltan.
Conviene sin embargo no dejarse confundir, pues la esencia del ideal
es que nadie puede alcanzarlo. Estos postulados pueden emplearse en
cualquier sitio sin excepción alguna. Lo que importa es saber
darles la interpretación justa en cada ocasión, y para
eso no se necesita más que tener ojos en la cara y la
capacidad suficiente para reflexionar juiciosamente sobre lo que se
ve. Es la práctica lo que hace a los maestros y ésta
no es una excepción; y cuando se trabaja en cosas de este
tipo se cae a menudo en la cuenta de que en ocasiones hay que
corregir el propio sistema y también a uno mismo. Siempre hay
mucho que aprender cuando se abarcan ámbitos emparentados
porque la comparación es, junto a la experiencia, el mejor
maestro del hombre.
Kurt Schwitters, 1930
Publicado en Gefesselter Blick. 25 kurze Monografien und
Beiträge über neue Werbegestakung (ed. de Heinz y Bodo
Rasch). Stuttgart 1930, p. 88-89; Lach V, p. 335-336.
Publicado en castellano en el catálogo Kurt
Schwitters, Valencia, IVAM Centre Julio González, 1995,
pag. 306
Yo y mis metas
¿Por qué no habría de escribir al menos una vez
sobre mí mismo aun cuando nadie me lo pidiera? No soy
vanidoso porque conozco la insignificancia de todo. Sólo
escribo esto para dar una respuesta común a los que no cesan
de preguntarme por qué, por ejemplo, los "Veilchen"
("violetas") han terminado por convertirse en algo totalmente
distinto a lo que se planeó en un principio, pues yo mismo
soy una de esas violetas que florecen aposta a la sombra, convencido
como estoy de que mi fragancia será más dulce
allí.
Inicialmente tenía la intención de publicar como
"Veilchen" tan sólo una colección de nuevos poemas con
que satisfacer a los muchos que andan siempre preguntando
dónde pueden comprarse mis trabajos más recientes.
Espero que ahora dejen de preguntar y compren, aunque las ganas de
comprar no son las mismas que las de preguntar. Pero ¿por
qué tengo que estar siempre pensando en los demás y en
cómo favorecerles? ¡Rara vez se le presenta al artista
la ocasión de publicar algo! El mundo está lleno de
partidos, y todos los partidos desdeñan como mediocre al
artista cuyo concepto de lo importante no coincide con el de su
programa. Todo partido niega la legitimidad interna de cualquier
arte que no colabore en la defensa de su programa o que no ayude en
modo alguno a la realización del mismo. El lema hoy es
"Acción" y el arte necesita "abismarse" en la
contemplación, el arte quiere crear y su acción radica
en el hecho mismo de su existencia. "¿Y por qué, ya
puestos, no quiere actuar? me pregunta el partido, convencido de que
si quiero conquistar mi legitimidad como artista debo desarrollar
una generosa labor para propagar sus ideas; pero yo sé que en
un trabajo sólo se puede perseguir una meta y el arte me es
demasiado preciso como para instrumentalizarlo de mala manera;
personalmente prefiero permanecer ajeno al acontecer
político.
Supongo que la vida política puede prescindir de mí,
pero no me cabe duda de que el arte todavía me necesita para
desarrollarse. El arte es una cosa curiosa: necesita al artista y lo
necesita entero.
La obra de arte, como toda unidad, no es suma sino estado, del mismo
modo que un material químico no es la suma de sus elementos.
H2O no expresa más que la proporción entre dos partes
de hidrógeno y una de oxígeno. Significa que la
proporción existente entre dos partes de hidrógeno y
una de oxígeno es equilibrada. Si añado SO3 obtengo
H2SO4, una nueva sustancia que ya no es agua sino ácido
sulfúrico. De modo parecido se comporta la esencia de la
creación artística genuina al agregar al ritmo de las
partes un cierto efecto de adhesión o rechazo hacia algo: se
hace del arte compromiso. Como artista no puedo prestarme a eso. La
meta de la obra de arte es el equilibrio y su finalidad el arte
mismo.
El arte no quiere actuar ni ejercer influjo sino liberar de la vida,
de todas las cosas que lastran al hombre, de las luchas nacionales,
políticas o económicas. El arte quiere al hombre puro,
desentendido del estado, del partido y de las necesidades
alimenticias.
Se me objeta que no participo de mi tiempo si no lo reflejo de
algún modo en la obra de arte. Yo afirmo que el arte
abstracto y sólo el arte abstracto refleja nuestro tiempo,
pues es la última fase lógica del desarrollo
artístico del único tiempo que conocemos, y no es
cuestión de años o décadas sino previsiblemente
el arte del próximo milenio. La llamada nueva objetividad
(Neue Sachlichkeit) pictórica no es más que una
reacción pasajera, temporal y partidista; se ha utilizado esa
denominación con muy poco tino porque el arte objetivo y
nuevo de nuestro tiempo es la abstracción., Todo desarrollo
posterior no será sino edificar sobre los cimientos de la
abstracción; el arte representativo sólo es posible en
el futuro como reaccionarismo, dado que la evolución lo
habrá dejado atrás. Como artista abstracto permanezco
ajeno al acontecer social y político, pero estoy instalado en
el tiempo mejor que los políticos inmersos en la
década.
Se ha dicho que no doy importancia alguna a la juventud porque,
tanto si es de izquierdas como de derechas, está enfrascada
en otros asuntos y no quiere saber nada del arte abstracto. Yo no
creo que la juventud, sin excepción, esté enfrascada
en otras cosas. Me limito a señalar que tanto los partidos de
izquierdas como los de derechas hacen todos los esfuerzos
imaginables para educar a la juventud en y para sus respectivas
políticas. Puede suceder, por tanto, que una juventud educada
así e incapaz de pensar en términos que no sean los de
los adultos no encuentre ningún atractivo en el arte; pero no
será siempre así, porque no hay nada más
preciado para el hombre que el abismarse en la estricta legitimidad
del arte. Espero que no se escandalicen si les digo que el concepto
de divinidad, que tan feliz ha hecho al hombre durante miles de
años por encima de barreras sociales y nacionales,
está estrechamente emparentado con el arte. Abismarse en el
arte y rendir culto a Dios son cosas parecidas: ambas liberan al
hombre de la angustia cotidiana. Siendo así, tanto más
nos proporciona el arte cuanto más se aleja de lo nacional y
lo social, cuanto más claramente nos da a entender que aspira
a lo puramente humano, a la contemplación, al olvido de
sí, al despojamiento de todo lo que no sea la facultad de ver
y oír. Aunque el arte no está exclusivamente dirigido
a los sentidos, la representación y el testimonio no son sus
objetivos aunque por largo tiempo se haya servido de ellos.
Cualquier medio y cualquier material puede, en sí mismo,
encontrar su sentido al entrar a formar parte del equilibrio de una
obra de arte, pero ello no depende ni del medio ni del material sino
del arte que nace del énfasis rítmico.
Al demostrar la evolución que el cuadro abstracto, es decir,
el cuadro que no representa sino que presenta, puede ser una obra de
arte creativa, se alcanza una etapa del desarrollo artístico
que imposibilita el retroceso de la evolución.
Conviene recalcar que las obras de arte resultantes de esta nueva
etapa evolutiva no son más valiosas que las de las etapas
anteriores, simplemente son actuales; como la obra de arte en toda
etapa evolutiva es infinita y lo infinito es igual a lo infinito, no
se puede enjuiciar el valor de una obra de arte comparándolo
con otra.
En literatura apenas es posible dar cabida a las abstracciones en
estado puro, y las suposiciones actuales a este respecto siguen
siendo insuficientes. El más abstracto y puro de mis poemas
es die Ursonate, del que reproduzco aquí el "scherzo".
Preferiría aquí renunciar a la prueba y remitirme
directa-mente a la construcción, a la ley abstracta de la
composición tal y como se manifiesta en "Schacko". Yo mismo
escuché de labios de una mujer la historia de Schacko,
palabra por palabra -todo el poema-, y vi allí mismo al pobre
animalito. Me conmovió el destino de esta mujer que, habiendo
perdido a su marido, al que amaba sobre todas las cosas, no le
quedó de él otro recuerdo que un pobre bicho al que
aborrecía. Ella sigue amando a su marido a través de
un animal que odia, un planteamiento que "tocó" mi humanidad;
pero esto, tal cual, no era en absoluto una obra de arte. Es la
forma la que ha elevado esta situación a obra de arte: el
contraste entre las frases pronunciadas por la mujer, la manera en
que se repiten, complementan, prefiguran o confirman unas a otras,
la coherencia con que su entramado va revelando cada vez con mayor
fuerza el amor de la mujer por su marido -un concepto abstracto- y
su desesperación -también un concepto abstracto-;
éste es el contenido de este poema. Pueden analizar
así todos mis poemas y admitirán conmigo que su forma
es siempre abstracta en la medida en que lo que se valora es lo que
se dice.
También en la composición pictórica me gusta
utilizar fragmentos de los desperdicios cotidianos, algo así
como el modo en que "Schacko" cobra cuerpo a partir del discurso de
su dueña. Así se originaron mis cuadros Merz y sobre
todo mi gran columna. -Sí, ¿qué es la columna?
No es más que una entre muchas, unas diez. Su nombre es
Kathedrale des erotischen Elends (Catedral de la miseria
erótica), abreviado K d m E, vivimos en la época de
las siglas. Además está sin acabar, y ello por
principio. Su erección responde al principio de la gran
ciudad, según el cual allí donde se construya una casa
el Instituto de Urbanismo comprobará que en efecto respeta el
conjunto. Así que si encuentro un objeto cualquiera que va
bien con la K d m E, me lo llevo, lo pego, lo encolo, lo pinto
intentando ajustarme al ritmo del efecto de conjunto, y un buen
día resulta que se decide abrir una nueva dirección
que pasa totalmente o en parte por encima del cuerpo del objeto. Y
entonces por todas partes comienzan a verse cosas montadas unas
sobre otras, estorbándose, signo evidente de su deterioro
como unidad propia. A medida que se extiende el andamiaje van
surgiendo valles, grutas, cavidades, que van cobrando vida propia en
el seno del conjunto. La unión sobre las superficies de
líneas entrecruzadas da lugar al nacimiento de sinuosas
formas helicoidales. El conjunto queda rociado por un sistema de
cubos de estricto diseño geométrico sobre formas
plegadas y sueltas hasta su completa fragmentación. El nombre
K d m E sólo es una designación. Poco o nada tiene que
ver con el contenido, aunque éste es el sino de todas las
designaciones. Düsseldorf ya no es ningún pueblo (Dorf)
y Schopenhauer no es un borracho.1 Se podría decir que K d m
E es el ensamblaje en una forma pura de todas las cosas, salvo
alguna excepción, que tuvieron o no alguna importancia en los
siete últimos años de mi vida; pero en las que de
alguna forma se deslizó subrepticiamente una cierta forma
literaria. Tiene un volumen de 3,5 x 2 x 1 y en un principio estaba
iluminado por un gran dispositivo eléctrico cuyo interior
destruyó más tarde un cortocircuito. El lugar de dicho
dispositivo está ocupado ahora por velas de navidad que
utilizo para iluminar los rincones cuando construyo o pinto; en
puridad no pertenecen a la composición pero cuando lucen
confieren al conjunto la impresión de un árbol
navideño que estuviera iluminado de forma irreal. Cada una de
las grutas tiene rasgos característicos que la
individualizan. Allí está el Refugio de los
Nibelungos, con su fulgurante tesoro, las Kyffhäuser con su
mesa de piedra, la gruta de Goethe, con un hueso de Goethe como
reliquia y sus muchos lápices, desgastados casi hasta la
mina, la liga entre las ciudades de Drounschweig y Lüneburg
-venida a pique- con casas de Weimar debidas a Feininger, un anuncio
de Persiles y el proyecto para la ciudad de Karlsruhe que yo mismo
diseñé, la cueva de los crímenes sádicos
con el cadáver salvajemente desfigurado de una des-valida y
joven doncella teñido de tomate, y numerosas ofrendas y
exvotos, la Cuenca del Ruhr con lignito y hulla auténticos,
la Exposición de Arte con pinturas y esculturas de Miguel
Ángel y mías y cuyo único visitante es un perro
con su trineo, la perrera con su excusado y su perro rojo, el
órgano que hay que girar al revés para que toque
"Noche de paz" y que antes tocaba "venid, pastores, venid" el
mutilado de guerra con pensión del 10% con su hija
descabezada pero que se tiene en pie, la Monna Hausmann, consistente
en una copia de la Monna Lisa sobre la que se ha pegado la cara de
Raoul Hausmann con la consiguiente pérdida de la
estereotipada sonrisa, el burdel en el que hay una dama con tres
piernas obra de Hanna Hoech y la gran gruta del amor. Sólo la
gruta del amor ocupa ella sola casi un cuarto de la superficie
inferior de la columna; una amplia escalera exenta conduce a la
parte de arriba, y debajo se halla la mujer de los lavabos de la
vida en un largo y angosto pasillo en el que también
encontramos el lema de Camel. Dos niños nos saludan y entran
en la vida; debido a los daños sólo se ha conservado
una parte de una madre con niño. La atmósfera se crea
sobre todo mediante objetos muy brillantes y con profundas
hendiduras. En el centro está la acaramelada pareja de
enamorados: él ha perdido la cabeza y ella ambos brazos;
él sujeta entre las piernas un enorme cartucho de salvas: Por
encima de esta pareja la gran cabeza retorcida de un niño con
ojos sifilíticos nos advierte encarecidamente contra un
exceso de precipitación. Logra reconciliar sin embargo a la
botellita redonda con mi orina, en la que pululan disueltos los
inmortales. Aquí sólo he reproducido una
pequeñísima parte del contenido literario de la
columna. Al cabo del tiempo algunas de las grutas desaparecieron
bajo la actual superficie, tal es el caso del rincón de
Lutero. El contenido literario es dadaísta, pero esto no
podía ser de otra manera pues la obra data del año
1923 y para entonces yo ya era dadaísta. Dado que la
construcción de la columna se alarga ya siete años, su
forma se ha ido desarrollando cada vez más claramente en
íntima consonancia con mi evolución espiritual. La
impresión general recuerda no poco a las pinturas cubistas o
a la arquitectura gótica.
He descrito de manera bastante prolija este K d m E porque se trata
de la primera publicación sobre el asunto y porque debido a
las múltiples interpretaciones que podría suscitar
resulta de muy difícil comprensión. Sólo
conozco a tres hombres de los que podría decir con toda
seguridad que me entenderán del todo al ver mi columna:
Herwarth Walden, el doctor S. Giedion y Hans Arp.2 Me temo que los
demás no acaben de entenderme, ni siquiera conociendo esta
advertencia, pero a nadie se le puede exigir la comprensión
absoluta de cosas tan extraordinarios. La K d m E es una de esas
violetas que florecen ocultas, a la sombra. Es posible que mi K d m
E permanezca siempre oculta, pero yo no. Conozco perfectamente mi
importancia como factor en la evolución del arte y sé
que el tiempo no afectará a esa importancia. Digo esto con
redoblado énfasis para que luego no se diga: "Pobre hombre,
no tenía ni idea de lo importante que era". No, no soy tonto
ni tampoco un pusilánime. Sé muy bien que para
mí y para el resto de las personalidades del movimiento
abstracto llegará, un día, el gran momento en que toda
una generación se hallará bajo nuestro influjo;
sólo temo no llegar a vivir ese momento personalmente, y por
eso colecciono, ordeno poema tras poema, boceto tras boceto, cuadro
tras cuadro, todo cuidadosamente empaquetado, registrado, y oculto
en distintos sitios para que no sea pasto de las llamas o
ladrón alguno lo pueda encontrar. Esto lego a un mundo al que
no guardo rencor por no haberme entendido. Lo que aquí
predigo con frío y calculador entendimiento no es de hecho
más que una perogrullada, pues lo que expresamos en nuestras
obras no es ni una idiotez ni un juego subjetivo: damos cuenta de
nuestro tiempo tal y como él mismo nos lo dicta, y es nuestro
tiempo el que mayor influjo ha ejercido en nosotros, artistas
libérrimos y en continuo movimiento. El tiempo influye
también, con y sin nuestro concurso, las formas de
expresión adyacentes como la tipografía o la
arquitectura. No quisiera en absoluto que se concibiera la
tipografía o la arquitectura como aplicaciones del arte
abstracto puesto que no lo son. No se puede trasladar una
creación libre y desinteresada a una forma funcional. Lo
tipografía y la arquitectura son manifestaciones paralelas al
arte abstracto. La tipografía no tiene una
fundamentación exclusivamente óptica, sino que siempre
tiene al margen de sí misma una funcionalidad que se concreta
en la acción o en la orientación, de la misma manera
que la finalidad de la arquitectura es la construcción de una
vivienda o de un espacio para otros fines. No ignoro la necesidad
que siente el arquitecto de conferir expresividad óptica a lo
que construye, pero el objetivo primordial sigue siendo la
construcción espacial. A pesar de todas las diferencias de
intención, existe sin embargo un gran parecido formal entre
la nueva forma de la arquitectura y la tipografía, por un
lado, y la de la pintura y la escultura abstracta por otro, Ambas
formas se desarrollan a partir de la voluntad formal del tiempo que
nos es propio. Aunque la humanidad, anclada siempre en formas
trasnochadas, no aprecie las formas de su tiempo, el nuevo estilo
continúa su afianzamiento sin que la mayoría se
dé ni cuenta y con el solo reconocimiento de algún
historiador del arte especialmente perceptivo. Con el tiempo
acabará por imponerse y vendrá a sacarnos de nuestros
escondrijos, aunque quizá para entonces el futuro
tendrá otras necesidades, pues el destino general de la
humanidad es equivocarse, y conviene dejar que lo haga, pues
así es como se encuentra a gusto. Todavía hoy hay muy
poca gente a la que le guste vivir en casas con interiores
desprovistos de decoración; en general las viejas casas
barrocas y recargadas porque ésa es la forma en que
aún se concibe la belleza. Habrá que esperar a otros
tiempos hasta que se reconozca que cuando estas casas austeras se
deben a arquitectos tan dotados como Haesler no sólo
satisfacen con creces las exigencias de comodidad e higiene y
resuelven con brillantez los problemas técnicos sino que
constituyen las formas más bellas desde el punto de vista
óptico. La nueva tipografía, en cambio, resulta de
más fácil comprensión. No es que se prefieran
las formas más sencillas pero su presencia se agradece cuando
traen aparejada una mayor transparencia del contenido, que es lo que
se propone la nueva tipografía. Empieza a valorársela
cada vez más por-que orienta con más sencillez,
permite hacer mejor publicidad y ahorra tiempo y dinero.
Y ahora volvamos a la juventud de hoy y al hombre en general. Os
ruego a todos que me dejéis seguir floreciendo en soledad. Me
va muy bien así, y no me interesan la gloria o el honor ni
tampoco vuestro reconocimiento. Me basta para sentirme contento con
poder seguir trabajando en mi taller o en mi escritorio sin que
nadie me moleste, sin que el ruido de la calle estorbe mi
tranquilidad y sin preocupaciones pecuniarias. Este sosiego debe
mucho a mi actividad como consejero y maestro tipógrafo en
numerosos negociados y fábricas donde realizaba más de
500 impresos al año. A mí nadie me puede y yo puedo
con todos, máxime cuando estoy felizmente casado; y el
reconocimiento de mi actividad tipográfica va en aumento. Y
poco a poco me estoy volviendo un experto en el mundo pluriforme y
extraordinariamente complejo de la imprenta.
Con el arte no sucede lo mismo, primero porque nadie puede hacerse
experto en él al ser su ámbito mucho más
complejo, y segundo porque personalmente me hace falta el
reconocimiento. Es difícil librarse de las malos
críticas porque los críticos rara vez escapan a sus
fijaciones. Y si un joven crítico diera en escribir, a
propósito de todo lo que digo, que no tengo remedio, eso me
dejaría tan indiferente como si escribiera que soy el mejor
orador que hay en estos momentos, afirmación esta
última, que, si bien incierta, no le dejaría tan en
ridículo. Sé que mi hora llegará y entonces
estos críticos escribirán: "¡Que tontos fueron
los hombres entonces al no reconocer el significado de Schwitters,
casi tanto como nosotros inteligentes al reconocerlo ahora!" No es
mi intención, ni mucho menos, ofender a gente que aún
no ha nacido, pero bien sé que si se trata de
críticos, serán tan inofensivos y reconocerán
tan poco como sus colegas actuales, pero esto es algo contra lo que
nadie puede hacer nada; basta con que se les suba a la cabeza.
Así que si vosotros, hombres del futuro, queréis darme
una buena alegría, intentad que los artistas importantes de
vuestro tiempo tengan el reconocimiento que merecen. Eso
redundará más en provecho vuestro y me causará
más alegría que si me descubrís a una
época que para entonces hará ya tiempo que me
descubrió.
En cuanto a vosotros, hombres políticos de izquierda o de
derecha, o de centro o de cualquiera que sea el sangriento
campamento del espíritu de donde vengáis, si un
día os hartáis de la política o simplemente
deseáis olvidaros de vuestras fatigas al menos por una tarde,
venid al arte, al arte puro y apolítico que no sabe de
tendencias, ni es social ni nacional, ni limitado por el tiempo o la
moda. Os puede aliviar y lo hará con gusto. 27.12.1930
Suscríbanse al próximo CUADERNO-MERZ (MERZ-HEFT), 22:
Desarrollo, precio 3RM, saldrá a comienzos de 1932.
1 - Dorf" significa "pueblo" en alemón, y los componentes por
separado del filósofo alemán son "Schoppen" (un
cuartillo de vino) y Hauer (el que trabaja en la viña).
2 Me encantaría que otros vinieran a sumárseles.
Yo y mis metas (Ich una meine Ziele), 1931 .Publicado en Merz 21.
Erstes Veilchenheft, 1931; Loch V, p. 340-348
Publicado en castellano en el catálogo Kurt
Schwitters, Valencia, IVAM Centre Julio González, 1995,
pag. 307-308
El principado viviente como reserva natural
Nos ha tocado vivir en un tiempo horrible. El búfalo y la
ballena corren peligro de extinción. Esto es muy serio porque
¿de dónde vamos a sacar en el futuro el
magnífico concentrado de carne y el sabroso aceite de
hígado? Pero también los príncipes se
extinguen, y esto es aún más grave porque
¿quién nos enseñará en el futuro a
venerar la majestad? Las democracias se extienden cada vez
más y ya no está tan lejano el día en que todos
los estados subastarán a sus príncipes. Y es
aquí donde puede resultar de ayuda la reserva natural de
príncipes. Si cada estado contribuye con una insignificante
aportación el mundo se podrá permitir el lujo de una
suntuosa corte principesca situada en un pequeño enclave
natural sujeto a protección. Bien es verdad que el
príncipe no tendría en puridad posesiones
territoriales, pero también podría considerar el mundo
entero como de su propiedad.
La primera condición sería que periódicos
especialmente editados para el príncipe y ministros
debidamente aleccionados lograran ocultarle la realidad del mundo
circundante. Para empezar, el médico de cámara de su
Majestad debería diagnosticarle alguna enfermedad distinguida
e inofensiva pero lo suficientemente grave como para recluir a su
majestad en un castillo. Su Majestad no debería saber que su
principado apenas se extiende unos pocos kilómetros y que
él en realidad no tienen ningún poder. Por tanto su
Majestad no debería abandonar el castillo jamás ni
tener noticia alguna, de palabra o por escrito, de lo que le rodea.
Para ello habrá que recordarle a su Majestad con la mayor
reverencia y humildad la grandeza de su persona, aderezándolo
todo de vez en cuando con el rumor de una pequeña conjura o
revolución que, por supuesto, quedaría en agua de
borrajas. Habría disparos, pero con salvas, naturalmente. Se
lanzarían algunas bombas, pero nunca caerían donde se
encontrara su Majestad. La guardia real, instruida convenientemente,
se encargaría de repeler todos los ataques a la integridad y
el poder del soberano, y los tumultos sólo servirían
para reforzar aún más la excelencia de su Majestad.
Los enviados de cortes extranjeras tendrán que fingir y
asegurarán a su Majestad que cuenta con la confianza de sus
señores. De vez en cuando vendrán también
príncipes extranjeros para desplegar en la corte todo su
boato y opulencia. No serán más que actores bien
entrenados. De repente se entabla una discusión entre un
príncipe extranjero y su Majestad imperial. La
discusión ha de discurrir, por supuesto, por los cauces de la
más exquisita cortesía. De hecho no pasa nada, salvo
que algún ministro tenga algo que objetar a lo dicho por
algún príncipe extranjero y lo ponga en conocimiento
de su majestad imperial.
Lo que hay que conseguir es enfurecer a su Majestad para que declare
la guerra. Ahora sí que empieza una espectacular
representación: ejércitos saliendo de debajo del
suelo, generales desfilando y tropas bien equipadas abandonando la
pequeña residencia imperial. De nuevo reina la calma, pero,
eso sí, cada día sale un parte de guerra ficticio.
Mientras su Majestad se entrega a fastuosas fiestas y bailes
cortesanos, se simula una lucha dura y tenaz. El ejército
avanza con lentitud y el enemigo acaba pidiendo la paz. Su Majestad
se niega y la guerra continúa. Otras potencias se suman al
conflicto hasta que, según dicen, el mundo entero es pasto de
las llamas.
En realidad lo único cierto es la puesta en
circulación de informes falsos. Su Majestad supervisa sobre
el mapa el avance de sus tropas. Se lucha en tierra, mar y aire en
los cinco continentes y por fin, por fin, al cabo de cinco o diez
años, el pequeño ejército imperial logra vencer
al mundo entero. Se sigue un período, también
ficticio, de paz mundial. Todos los príncipes de los
demás naciones son ejecutados. Su Majestad en persona preside
las ejecuciones. Se trata, claro está, de muñecos
llenos de sangre de cadáveres a los que se corta lo cabeza,
aunque daría lo mismo, porque su Majestad, aparte de un poco
sordo, tampoco ve gran cosa. Las ejecuciones son seguidas de la
más grande y suntuosa fiesta del mundo. Se corona a su
Majestad Emperador de los Imperios Unidos de la tierra.
¿Lo ven? Ésta es la majestad que el mundo debe
conservar, al menos dentro de los límites de una reserva
natural.
El principado viviente como reserva natural (Das lebende
Fürstenfum als Naturschutzpark), 1932.
Manuscrito fechado en Vizcaya el 20 de marzo de 1932 en el
cuaderno de notas negro; Schwitters Archiv, Nannover. Publicado en
Lach III, p. 23-25
Publicado en castellano en el catálogo Kurt
Schwitters, Valencia, IVAM Centre Julio González, 1995,
pag. 309
Merz
Nací en Hannover el 20 de junio de 1887. De niño
tenía un jardincito con rosas y fresas. Una vez terminados
mis estudios en el Instituto Real I de Hannover aprendí la
técnica de la pintura con Bantzer, Kühl y Hegenbarth. El
bodegón con el cáliz lo pinté en el taller de
Bantzer. La selección de obras mías que se exponen
ahora en la Galería de Hans Goltz en Múnich,
Briennerstrasse 8, muestra, espero que con claridad, cómo he
pasado de la imitación consciente y lo más fiel
posible de la naturaleza, con óleos, pinceles y lienzo, a la
elaboración consecuente, con medios estrictamente
artísticos, de los cuadros Merz y cómo existe una
línea de continuidad entre los estudios naturalistas y las
abstracciones Merz. La representación mimética de la
naturaleza es la transposición de la corporeidad
tridimensional a una superficie bidimensional. Esto puede aprenderse
si no se está enfermo o se es daltónico. Los
óleos, el lienzo y el pincel son materiales y herramientas.
Si se distribuye la pintura convenientemente sobre la superficie del
lienzo, es posible copiar el efecto de impresiones naturales; en
condiciones favorables, con tanta precisión que apenas
podrá distinguirse entre el cuadro y el modelo. Cojamos, por
ejemplo, un lienzo blanco e imprimado de los que se utilizan para
pintar al óleo y dibujemos con carboncillo las líneas
maestras y más fácilmente perceptibles de la forma
natural que queramos representar. Sólo el primer trazo puede
dibujarse con bastante arbitrariedad; todos los demás
describirán con relación a él un ángulo
determinado que viene impuesto por el modelo natural. Mediante la
comparación concienzuda entre la representación y el
modelo se pueden sintonizar las líneas de una y otra hasta el
punto de hacer que las de la representación coincidan con las
manifestadas por la apariencia del modelo. Se determinan las
direcciones en función de las sensaciones, se sondea y
controla la veracidad de las sensaciones comparando el ángulo
estimado de la dirección con la vertical natural y con la
vertical de la representación. A continuación, y
siempre en función de las proporciones aparentes entre las
partes del modelo, se trazan sobre el lienzo las proporciones
existentes entre las partes del cuadro, preferiblemente mediante
líneas imaginarias que delimiten dichas partes. El
tamaño de la primera parte no importa, a no ser que se
prescriba "tamaño natural" para alguna de las partes, la
cabeza, por ejemplo. En este caso se mide con el compás una
línea imaginaria paralela a un plano imaginario coincidente a
su vez con el plano del cuadro en la naturaleza y se transporta esta
medida sobre la representación de la primera parte.
Después se armoniza intuitivamente sobre el cuadro el resto
de las partes con la primera en función de las partes
correspondientes del modelo y se controla la intuición
mediante mediciones en las que el cuadro queda tan distanciado de
sí mismo que su primera porte parece del mismo tamaño
que la primera porte del modelo. Para controlar una medida
cualquiera, con el brazo estirado se sostiene el mango de un pincel
orientado hacia la medida correspondiente en la naturaleza de modo
que la punta del mango coincida en apariencia con uno de los
extremos de la medida y se coloca el pulgar sobre el mango del
pincel de tal manera que el otro extremo de la medida coincida con
el punto de contacto entre la uña del pulgar y el mango. Si,
de nuevo con el brazo estirado, proyectamos la medida así
obtenida del pincel sobre la medida correspondiente del cuadro,
podremos comprobar con exactitud fotográfica si el
cálculo intuitivo nos ha fallado. Si la acotación es
"correcta" se procederá a rellenar con pintura las distintas
partes del cuadro de acuerdo con la naturaleza que ha servido de
modelo. Lo más recomendable es comenzar con un color
fácilmente reconocible y extendido sobre una amplia
superficie, un azul ligeramente degradado, quizás. Se calibra
la calidad de mate y se degrada la luminosidad mediante colores
complementarios; la del azul ultramarino con ocre claro, por
ejemplo. Añadiendo blanco se puede aclarar el color y
añadiendo negro puede oscurecerse. Todo esto se puede
aprender. Para controlar la exactitud lo mejor es colocar el cuadro
justo al lado del plano imaginado en la naturaleza, volverlo a
colocar en su sitio y comparar el color del cuadro con el color
natural. Al degradar los matices demasiado luminosos y añadir
los que faltaban se logra que los colores del cuadro coincidan lo
más posible con los colores correspondientes de la
naturaleza. Si un matiz nos parece acertado se coloca el cuadro en
su sitio y se armoniza intuitivamente el resto de los matices con el
primero. Se puede regular la eficacia de la intuición
comparando cada color directamente con la naturaleza tras volver a
colocar el cuadro junto al modelo. Si se es paciente y se logra que
la totalidad de líneas grandes, líneas
pequeñas, formas y colores coincidan con las de la
naturaleza, obtendremos una réplica exacta de esta
última. Esto se puede aprender y se puede enseñar.
Para no equivocarse con la intuición es preciso llegar a
conocer la naturaleza en sí misma y sus materiales; la
anatomía y la perspectiva nos brindarán el
conocimiento de la primera y el aprendizaje de los colores el
de los segundos. ¡Esto es la Academia!
Le pido perdón al lector por la excesivamente prolija
explicación de la copia de la naturaleza, pero era necesario
para hacer ver que el trabajo paciente puede aprenderse, que radica
esencialmente en el control y la consonancia y que puede llegar a
atrofiar la actividad creadora del artista. Para mí era sobre
todo cuestión de aprender esta consonancia y paulatinamente
fui dándome cuenta de que la consonancia entre los elementos
del cuadro es la finalidad del arte y no ya un medio para la
obtención del control. No fue un camino corto. Cuando se
quiere conocer hay que trabajar. Hay que seguir caminando hasta que
la niebla se cierna sobre el horizonte. Y sólo una vez
llegados allí se podrá seguir reconociendo. Y
creo que no existe el fin. Y aquí de nada sirve la Academia.
No es posible controlar los reconocimientos. Siempre, incluso al
comienzo, fui capaz de desentenderme de la reproducción
literal de los detalles. Me conformaba con apresar en esbozos las
múltiples manifestaciones de la luz (Impresionismo).
Llevado de mi apasionado amor a la naturaleza (el amor es subjetivo)
exageré los movimientos principales, subrayé las
formas al reducirlas a(o esencial y concebirlas como contornos y
descompuse los tonos en colores complementarios.
Desentrañar a mi manera la naturaleza me parecía
entonces lo esencial. El cuadro no era otra cosa que el
intermediario entre el espectador y yo. ¿Que yo tenía
impresiones?; ¡Pues pintaba un cuadro en sintonía con
ellas!; el cuadro tenía expresión. Se podría
escribir un catecismo de los medios de expresión de no ser
por lo inútil que resultaría, casi tan inútil
como hacer de la expresión el objeto de la obra de arte. Cada
línea, color o forma tiene una expresión determinada.
Cada combinación de líneas, colores y formas tiene una
expresión determinada. La expresión no se obtiene sino
mediante un ensamblaje muy particular y del todo inefable. No se
puede expresar en palabras la expresión de un cuadro, de la
misma manera que no puede pintarse la expresión de una
palabra de la palabra "y", por ejemplo.
La expresión de un cuadro, por el contrario, es tan esencial
que merece la pena esforzarse en apresarla. Todo propósito de
reproducir formas naturales merma la fuerza de la lógica en
la elaboración de una expresión. He renunciado por
completo a toda reproducción de elementos naturales y pinto
exclusivamente con elementos pictóricos. Estas son mis
abstracciones. Armonizo entre sí los elementos del
cuadro, como antaño hacía en la Academia, pero no para
conseguir una réplica fiel de la naturaleza sino por la
expresión misma.
Hoy, sin embargo, me parece que esta búsqueda de
expresión en la obra de arte también es perjudicial
para el arte. El arte es un concepto primordial, sublime como la
divinidad inexplicable como la vida, indefinible y estéril.
La obra de arte es el producto de la depreciación
artística de sus elementos. Yo sólo sé
cómo lo hago, sólo conozco mi material y que me sirvo
de él sin saber para qué.
El material es tan insustancial como yo mismo. Lo esencial es el
acto de dar forma. Como el material carece de importancia escojo el
que sea con tal de que responda a las exigencias del cuadro. En la
medida en que armonizo materiales de índole muy diversa saco
mayor partido que con la mera pintura al óleo, ya que no
sólo doy cabida al contraste entre dos colores, dos
líneas o dos formas sino también al que pueda existir,
por ejemplo, entre la madera y la arpillera. A la concepción
del mundo que engendra esta forma de creación
artística la denomino "Merz".
Cuando creé la palabra "Merz", no tenía ningún
significado Ahora tiene el significado que yo he querido conferirle.
El significado del concepto "Merz" cambia a medida que cambia la
percepción de aquellos cuya obra responde a dicho concepto.
Merz desea que se suelten todas las ataduras para poder crear obras
artísticas. La libertad no es desenfreno, sino el resultado
de una estricta disciplina artística. Merz también
significa tolerancia frente a toda limitación que obedezca a
razones estéticas. A todo artista le debería estar
permitido hacer un cuadro que sólo constase de hojas de papel
secante con tal de que supiera hacerlo. La mera reproducción
de elementos naturales no es esencial para una obra de arte. Sin
embargo, interpretaciones de la naturaleza de suyo no
estéticas pueden entrar a formar parte de un cuadro si
adquieren un valor de contraste frente a las restantes partes del
mismo.
En algún momento también he dedicado mi
atención a otras formas de arte, a la poesía sin ir
más lejos. Los elementos de: arte poético son las
letras, las sílabas, las palabras, las oraciones. La
poesía nace del valor de oposición resultante de sus
elementos. El sentido cobra sentido frente al sinsentido porque yo
lo quiero así. Prefiero el sinsentido, aunque esto es una
cuestión puramente personal. Me entristece constatar que rara
vez se ha hecho del sinsentido el objeto de la creación
artística, pero ello me reafirma en el amor que siento por
él.
Se hace preciso aquí mencionar el dadaísmo, pues
cultiva, como yo, el sinsentido. Hay dos grupos de dadaístas:
los de "hueso" y los de "cáscara",* estos últimos
residentes casi todos en Alemania. En un principio sólo
había dadaístas de hueso, pero posteriormente los
dadaístas de cáscara se desgajaron del hueso
originario cediendo al influjo de Hülsenbeck, su jefe, y en la
escisión se llevaron de cuajo parte del hueso. El
desgajamiento se produjo en medio de grandes alaridos, al son de la
Marsellesa y propinando patadas en los codos, una táctica a
la que Hülsenbeck sigue profesando afecto incluso hoy. Con
Hülsenbeck el Dadaísmo se convirtió en un asunto
político. El conocido Manifiesto del Consejo Central
Dadaísta Revolucionario de Alemania reclama la
instauración del comunismo radical como exigencia
dadaísta. En la Historia del Dadaísmo escrita por
Hülsenbeck en 1920 y publicada por Steegemann leemos: "Dada es
un fenómeno bolchevista alemán". El Manifiesto del
Consejo Central citado arriba exige además "la lucha
más brutal contra el Expresionismo". En su Historia del
Dadaísmo Hülsenbeck prosigue: "El arte debería
ser molido a palos". En la introducción al Almanaque
Dadá, aparecido no hace mucho, Hülsenbeck escribe: "Dada
hace una especie de propaganda anti-cultura". En resumen, el
Dadaísmo de cáscara revela una orientación
política contra el arte y la cultura. Soy tolerante y respeto
cualquier cosmovisión individual pero debo decir que tales
concepciones son del todo ajenas a Merz. Por principio Merz apunta
exclusivamente al arte pues ningún hombre puede servir a dos
señores.
Pero "la concepción que del Dadaísmo tienen los
dadaístas es muy distinta", como reconoce el mismo
Hülsenbeck. Tristan Tzara, principal abanderado de los
dadaístas de "hueso", escribe en 1918 en el Manifiesto Dada:
"Cada cual hace su arte a su manera", y más adelante:
"Dadá es el emblema de la abstracción". Tengo que
decir que una estrecha relación artística une a Merz
con el Dadaísmo de "hueso" en general y con dadaístas
"óseos" como Hans Arp, al que admiro especialmente, Picabia,
Ribemont-Dessaigne y Archipenko. Es el propio Hülsenbeck el que
reconoce abiertamente haberse convertido en "el bufón de
Dios". El Dadaísmo de hueso, en cambio, sigue apegado a las
viejas y buenas tradiciones del arte abstracto. El Dadá de
cáscara "prevé su fin y se ríe", mientras que
el de hueso vivirá mientras viva el arte. Merz también
aspira al arte y es enemigo del Kitsch, incluido el Kitsch por
principio, a pesar de que, bajo la dirección de
Hülsenbeck, se autodenomina Dadaísmo.
Quien carece de la capacidad para emitir un juicio estético
no debe escribir sobre arte: "Quod licet jovi non licet vobi". Merz
desdeña enérgica y radicalmente el concepto diletante
e inconsecuente que del arte tiene el Señor Richard
Hülsenbeck al tiempo que reconoce sin ambages su
adhesión a las concepciones de Tristan Tzara.
Mi amistad con algunos dadaístas podría dar lugar a un
malentendido que convendría deshacer. Podría pensarse
que yo mismo me he incluido entre los dadaístas sólo
porque en la cubierta de mi colección de poemas "Anna Blume",
publicada por la editorial Paul Steegemann, está escrita la
palabra "dada".
Sobre esta misma cubierta aparecen dibujados un molino de viento,
una locomotora marcha atrás y un hombre suspendido en el
aire. Esto significa que en el mundo donde vive Anna Blume, donde la
gente camina con la cabeza, donde giran los molinos y las
locomotoras van marcha atrás, allí también
existe Dadá. Con el fin de evitar malentendidos he escrito
"Antidada" en la cubierta de mi Catedral. Esto no significa que yo
estuviera en contra del dadaísmo, sino que en este mundo
también existe una corriente que va contra el
Dadaísmo. Las locomotoras van hacia adelante y hacia
atrás. ¿Por qué no iba a poder nunca una
locomotora ir marcha atrás?
Siempre que pinto también modelo. Ahora también hago
esculturas Merz: patíbulo de gozo y bomba de culto. Al igual
que los cuadros Merz también las esculturas Merz están
realizadas a partir de diversos materiales. Están concebidas
como esculturas circulares y en consecuencia pueden contemplarse
desde múltiples perspectivas.
La casa Merz fue mi primera arquitectura Merz. En el cuaderno 8-10
de Zweemann, Spengemann escribió al respecto: "En la Casa
Merz veo la Catedral: la Catedral. No me refiero a la
construcción eclesiástica, no, sino al edificio como
expresión de una concepción verdaderamente espiritual
de lo que nos encumbra al infinito: el arte absoluto. Esta catedral
no se puede utilizar. Su espacio interno está tan repleto de
ruedas que no queda espacio alguno para el hombre... esta es la
arquitectura absoluta y no tiene otro sentido que el estrictamente
artístico".
Para mí era una necesidad artística dedicarme a
diversos tipos de arte. La razón para ello no era tanto la
tendencia a ampliar el ámbito de mi actividad como el anhelo
no de ser especialista en un tipo de arte sino de ser artista. Mi
objetivo es la obra de arte total Merz, que comprenderá en su
unidad artística todos los tipos de arte. Para empezar he
enlazado entre sí distintos tipos de arte. Dentro de poemas
he pegado palabras y frases de manera que la disposición
resultante genere un dibujo rítmico. Y a la inversa, he
pegado cuadros y dibujos con el fin de que pueda leerse en ellos
ciertas frases. He clavado cuadros para provocar además del
efecto pictórico, un efecto plástico de relieve. He
procedido así para difuminar los límites entre las
artes. Sin embargo, la verdadera obra de arte total Merz es la
escena Merz, en la que hasta ahora sólo he podido trabajar de
manera teórica. La primera publicación al respecto
apareció en el número 8 de Sturmbühne (Escena
Sturm): "La escena Merz está pensada para la
representación de la obra teatral Merz. La obra teatral Merz
es una obra de arte abstracta. El drama y la ópera nacen por
lo general a partir de la forma de un texto escrito que en sí
mismo, al margen de la escena, como simple texto escrito, es ya una
obra terminada. La tramoya, la música y la
representación no tienen otra función que la de
ilustrar este texto, él mismo ilustración de la
acción. A diferencia del drama o de la ópera, todas y
cada una de las partes de la obra teatral Merz están
indisolublemente unidas entre sí; no se puede escribir, leer
o escuchar, únicamente puede experimentarse en el Teatro.
Hasta ahora en las representaciones escénicas se
distinguía entre tramoya, texto y partitura. Cada uno de
estos factores se trabajaba por separado y podía disfrutarse
por separado. A la escena Merz sólo le interesa la
fusión de todos los factores en la consecución de la
obra de arte total. Los materiales de la tramoya constituyen una
amalgama de cuerpos sólidos, líquidos y gaseosos: la
pared blanca, el hombre, la alambrada, el chorro de agua, el azul en
la lejanía, el foco luminoso. Se utilizan superficies que
unas veces parecen tomar cuerpo, otras disolverse como gases,
superficies que se pliegan a modo de cortinas, ora
encogiéndose ora dilatándose. Que las cosas se muevan
y retuerzan, que las líneas se espesen hasta formar
superficies. Que los elementos entren y salgan del espacio
escénico. Los materiales para la partitura no son otra cosa
que los sonidos y ruidos que pueden emitir los violines, los
tambores, el trombón, la máquina de coser, el reloj de
tictac, el chorro de agua, etc. El material poético lo
constituyen las vivencias que elevan el espíritu y avivan el
sentimiento. Los materiales no hay que utilizarlos según la
lógica que gobierna sus relaciones objetivas sino
según la lógica que rige la obra de arte. Cuanto mayor
sea el ahínco con que la obra de arte destroza la
lógica objetivo-racional tantas más posibilidades
existirán de lograr una creación artística
genuina. Si en la poesía el valor de una palabra radica en el
contraste con las otras, aquí el factor se opone al factor y
el material al material. Podemos imaginarnos la escena como una
especie de cuadro Merz. Las partes del cuadro cambian y se agitan;
el cuadro tiene una vida propia. El movimiento del cuadro puede
consumarse en silencio o en compañía de ruidos o
música. Propongo el teatro Merz. ¿Dónde ha
quedado el teatro experimental?
Que las gigantescas superficies se extiendan hasta el imaginario
infinito, que se cubran con colores que se deslicen amenazadores y
que estalle la bóveda lisa de su pudor. Que los elementos
finitos se hagan añicos y que los retorcidos elementos que
agujerean la nada se arremolinen todos en un torbellino. Que las
superficies brillantes queden pegadas entre sí. Que se
propicie el movimiento de las líneas de alambre, que el
verdadero movimiento recorra los intrincados entrelazos del cable.
Atravesado de líneas resplandecientes, líneas
furtivas, líneas aplanadas. Que las líneas luchen unas
contra otras y se acaricien con inusitada ternura. Que los puntos
titilen en su seno como estrellas, que bailen en corro hasta
convertirse en línea. Que las líneas se doblen y que
en torno a un punto se arremolinen los ángulos astillados y
estrangulados. Que una línea de alambre atraviese rauda las
olas del tempestuoso torbellino. Que las esferas se redondeen
aún más al rozarse con el aire impetuoso del remolino.
Que las superficies se disuelvan al penetrarse mutuamente. Que las
cajas desborden sus aristas derechas y torcidas y pintadas.
Sombreros plegables que se hunden dentro de sí mismos, cajas
engullidas por cajas. El trazo de las líneas describe una red
diáfana. En las apretadas redes se debate San Antonio entre
tormentos. Que las redes se estrellen como olas y se descompongan en
líneas o se espesen hasta formar superficies. Que las redes
se enreden. Que floten los velos, que caigan los blandos pliegues,
que gotee el algodón y que el agua salpique. Que
lámparas de arco voltaico de mil bujías suavicen y
aclaren el aire. A continuación cojamos ruedas y ejes y
dejemos que canten (soporte acuático gigante). Los ejes giran
en el interior de la rueda, las bolas ruedan en el tonel. Las ruedas
dentadas olfatean dientes, encuentran una máquina de coser
que bosteza. Ya sea erguida sobre sí o agachado, la
máquina de coser se autodecapita, los pies siempre hacia
arriba. Se coge un torno de dentista, una máquina de cortar
carne, un rascador de tranvía, autobuses y
automóviles, bicicletas, tándems con sus
neumáticos, incluidos los neumáticos de repuesto de
cuando la guerra, y se deforma todo Cogemos luces y las deformamos
de la manera más brutal posible. Que las locomotoras corran
unas al encuentro de otras, cortinas y visillos cuyos hilos de
araña bailan con los marcos de las ventanas y hacen
añicos el cristal quejumbroso. Se hacen estallar calderas
para provocar la salida del vapor de los trenes. Se cogen enaguas y
otras cosas por el estilo, zapatos, pelo postizo, patines de hielo y
se arrojan todos estos objetos donde deben estar y siempre a su
debido tiempo. Se cogen también cepos, trampas para
alimañas, máquinas infernales, un pez de hojalata y un
embudo, todo ello, claro está, en estado de
deformación artística. Muy recomendables son
también las tuberías. En una palabra, se coge de todo,
desde la redecilla para el cabello de una dama distinguida hasta el
tornillo del Imperator, siempre en función de las exigencias
de tamaño impuestas por la obra.
También podría utilizarse a los hombres.
Se podría pegar a los hombres a los bastidores.
Incluso la vida cotidiana del hombre podría ponerse en
escena; se podría hacer que los hombres hablaran de pie e
incluso pronunciaran frases razonables. Procederemos después
a enlazar los materiales entre sí. Enlazamos por ejemplo, el
mantel de hule con la sociedad anónima de hogares modestos,
establecemos una relación entre el que limpia las
lámparas y el matrimonio formado por Anna Blume y el tono
musical la. A la superficie le damos como alimento una bola y
dejamos que el estallido de las 22.000 bujías de la
lámpara de arco voltaico destruya un ángulo agrietado.
Que los hombres caminen sobre las manos y lleven el sombrero en los
pies, como Anna Blume (Catarata). Inyección de espuma.
Es entonces cuando comienza el tórrido empapamiento musical.
Tras el escenario, música de órgano y cantos que
dicen: "Futt, Futt". Adelante traqueteo la máquina de coser.
Un hombre entre bastidores dice: "Bah". De repente sale otro a
escena y dice: "Soy tonto". (Prohibido la reproducción). A
renglón seguido aparece entre ellos un clérigo
arrodillado rezando en voz alta: "Oh, gracias, la destrucción
nos sorprende por doquier, Aleluya joven, el joven desposa goteante
el agua". Una cañería gotea impasible y
monótona. Ocho.
Los timbales y las flautas anuncian muerte, y un silbato de jefe de
estación brilla con claridad. Al hombre entre bastidores le
corre por la espalda un chorro de agua helado que va a parar a un
recipiente. Él canta cis d, dis es, una canción de
trabajadores entera. Debajo del recipiente han encendido el gas para
hervir el agua y se deja oír, dulce y pura como una
niña, una cantarina melodía de violines. Un velo se
extiende a todo lo ancho. En el centro la llama rojo incandescente
hierve intensamente. Su crepitar es apenas perceptible. Los violines
se inflaman en largos suspiros y susurros. La luz ensombrece la
escena y hasta la máquina de coser queda en penumbra. Para
entonces esta publicación ya había llamado la
atención del actor y director teatral Franz Rolan, que
tenía ideas semejantes, como la de independizar el teatro del
escritor y propiciar el espectáculo escénico y la
forma artística simplemente a partir de los materiales
teatrales existentes: escenario, bastidores, colores, luz, actores,
regidor, pintor y público. Hemos analizado a fondo, siempre
desde un enfoque teórico, la idea de escena Merz en
relación con sus posibilidades prácticas. Se trata de
un manuscrito bastante ambicioso que no tardará en estar
listo para la imprenta. Quizá tengamos más adelante la
posibilidad de asistir al nacimiento de la obra de arte total Merz.
Nosotros no podemos crearla puesto que también
seríamos nada más que elementos y materiales.
* Juego de palabras: Hülsenbeck (nombre del principal
abanderado de ciertos dadaístas) y Hülsen
(cáscara, pellejo, etc.j (N. del T.).
Merz (texto escrito para Der Ararat, 19 de diciembre de 1920)
[Merz (fúr den "Ararat" geschrieben 19 Dezember 1920)].
Publicado en Der Ararat Glossen, Skizzen und Notizen zur Neuen
Kunst, II, n.° l, Múnich, enero de 1921, p. 3-9; Lach
V, p. 74-82.
Publicado en castellano en el catálogo Kurt
Schwitters, Valencia, IVAM Centre Julio González, 1995,
pag. 184-187