Mitología
: El novecientos bajo los pies
Luther Blissett
Traducción del texto
"Mitologie:
Il Novecento sotto i piedi", del libro "Totò, Peppino e la guerra
psichica", colección de materiales recogidos en el proyecto Luther
Blissett, Bertiolo, 1996,AAA Edizioni, via Latisana, 6; 33032 Bertiolo
(Italia).
Índice:
El mito de
la Verdad
El mito
de la Razón
El mito del
"Yo"
El mito
de la Historia
La historia en general,
la de las revoluciones en particular, siempre es más rica en contenidos,
más variada, multilateral, viva y 'astuta' de cuanto puede imaginar
el mejor historiador y el mejor metodólogo.
V. I. Lenin plagiado por
P. K. Feyerabend.
Luther Blissett es un
agente secreto que juega la partida del Mito con la finalidad de minar
la autoridad del Mito (de la Verdad, de la Identidad, de la Razón,
etc...)
P. K. Feyerabend plagiado
por Luther Blissett
El mito de la Verdad
1. Platón se preguntaba
qué sería la Verdad. Blissett se interroga qué no
es engañoso. No busca sólo la respuesta al problema, sino
que problematiza sus propios términos. Muchos han tratado de dar
una solución al enigma. Pocos han dicho que, sencillamente, no tiene
ninguna razón de ser.
2. Decir la verdad, afirmaba
Aristóteles, es describir cómo es la cosa. Un lenguaje que
funcionase como un espejo del mundo garantizaría la corrección
de nuestras afirmaciones.
3. Kant desveló que
la idea en Aristóteles se apoyaba en una potente imagen mitológica:
la del lenguaje como espejo neutral. Nos hizo ver que aquella pura superficie
reflectante podía ser deformada por agentes particulares: nuestros
es que- mas conceptuales. La Verdad se volvía inalcanzable desde
una definición de la misma como correspondencia con la realidad,
siendo sustituida con una más humilde Verdad-para-nosotros.
4. El término Verdad-para-Nosotros
tiene un grave inconveniente. Contiene un vocablo que adquiere sentido
sólo al referirse a un contexto particular: "nosotros". "Nuestra"
verdad es distinta de la del aborígen sencillamente porque "nuestro"
mundo, el contenido de aquello que es verdadero, es distinto del suyo.
Porque es distinta nuestra percepción y nuestro modo de hablar de
ello. Entre ambos están los espejos deformados de los esquemas conceptuales.
5. Cada cultura tiene su
mundo y su verdad. Nuestros esquemas conceptuales no son ni acertados ni
erróneos. No hay manera de enmendar un mundo con el otro: son inconmensurables.
Este relativismo oculta el más sucio racismo bajo los afeites de
la tolerancia.
6. La Verdad es Una, y la
empresa científica occidental es el modo más eficaz de descubrirla
mediante una progresiva acumulación de conocimientos. Esto es racismo
implícito en la tecnocracia.
7. La Verdad no es Una. La
Verdad no es muchas. Tertium datur: la verdad es un sinsentido.
7bis. La Verdad no es Una.
El Método Científico está en crisis. La verdad no
es muchas. Criticamos los esquemas conceptuales y el método científico.
8. La verdad es un sinsentido.
El objeto de la Verdad es la Realidad, el Mundo. Luego la Realidad es un
sinsentido. Y ser un sinsentido es diferente a no ser.
9. En sustancia: queda claro
que no existe un punto de vista absoluto, libre del légamo de la
Cultura, la Historia, la Geografía, el Dinero, desde el que mostrar
qué es la Verdad, pura, más allá de cualquier hecho,
eterna y desinteresada. Y por tanto, debe estar también claro que
el relativista no debe seguir el juego al absolutista diciendo que cada
cultura debe tener un punto de vista propio.
10. Decía Quine: si
la verdad es relativa a un cierto contexto, ¿debe el punto de vista
desde el que juzgamos los hechos ser absoluto?
11. Cuando una de nuestras
teorías nos deja a la intemperie, porque en un punto dice que la
cosa está y no está, pero sostenemos aquel punto en particular,
podemos ajustar la teoría de muchas maneras, de acuerdo con nuestro
sentido estético, para mantenerlo intacto.
12. Pero en tal caso la teoría
no dice cómo es la cosa, sino el modo de obrar para conseguir ciertos
resultados. Esto significa que no tenemos necesidad del Mundo ni de su
descripción especular: la Verdad.
13. No podemos distinguir
qué depende de nuestros esquemas conceptuales y qué depende
del mundo. Pero entonces no hay diferencia entre ambos conceptos. Hay,
por tanto, un sinsentido.
14. En el proceso contra
un homicida podemos reconstruir cómo fueron las cosas. Saber si
es Verdad que aquel hombre mató al otro, o si en el mundo se verifica
un evento tal: el asesinato de Luther por parte de Blissett.
15. ¿Cuál es,
en tal caso, la prueba más segura para mí? El haber asistido
a un acto tal realizado por un tal Blissett. ¿Y si ahora la defensa
aportase pruebas seguras de que alguien me hubiese drogado previamente?
¿O que se trata de un tipo en todo similar a Blissett? Se disiparía
mi seguridad.
15bis. Tal vez en el juego
lingüístico del tribunal la idea de verdad como correspondencia
es menos absurda que en otros. Pero, por el momento, nuestra vida tiene
poca relación con la justicia. ¿Qué es un homicidio?
¿Qué es un hurto? Un tribunal revolucionario a cargo de la
clase proletaria no lo reconoce, la propiedad privada sí. Aquí
vuelven a entrar en juego nuestras convenciones: la teoría.
16. Trabajamos sobre creencias.
Disponemos de criterios diversos para ajustarlas a cualquiera que sea el
criterio infalible. Esto no quiere decir que no estemos confrontados con
ellas. En ciertas situaciones sabemos que son útiles, en otros no.
17. Sin embargo estos criterios
se utilizan para sustentar creencias verdaderas. En tal caso debemos explicar
el término "verdadero". Nada nos permite distinguir entre creer
una cosa y creerla verdadera, aunque puedo creer algo no porque necesariamente
lo crea verdadero, si por creer entiendo aceptar alguna cosa como criterio
de acción. Los motivos para creer son múltiples. Y esto demuestra
otra vez la no sensatez del término "verdadero". Lo "verdadero"
puede ser eliminado.
18. Decía Goodman:
no puedo decir, sensatamente: "es verdad que llueve, pero no lo creo".
19. Existe una diferencia
entre decir que la Verdad es un concepto eliminable y decir que es un sinsentido:
con un sinsentido me puedo divertir.
20. Nuestra creencia, nuestra
teoría, son la Realidad. Podemos hacer lo que queramos. En ciertas
situaciones la solución estará determinada (como frente a
un león), en otras existirá un espacio para jugar.
21. La situación del
párrafo 16 es que no existe ningún supercriterio para juzgar
los criterios, sino aquello que permita ver qué diferencia hay entre
usar uno u otro y lo que no pensamos de esta diferencia.
22. Cuanto se ha dicho de
lo Verdadero se puede decir de lo Bello, lo Justo, lo Racional, el Arte
y el discurso común.
23. La Filosofía debe
dejar de buscar la esencia de tales conceptos para dirimir dónde
hay una mayor concentración de ellos. Debe dejar de creer que puede
dar una justificación fundante, una patente de accesibilidad.
24. Quien ha tenido que tratar
con un niño pequeño sabe que la serie de sus porqués
es potencialmente infinita. Y sabe que el modo de bloquearla es decir:
"No hay un porqué, es así y basta". Ésta puede parecer
ahora una estrategia autoritaria. A menudo los niños han sentido
odio hacia los adultos por ello. Pero el verdadero autoritario es el que
inventa Mitos para justificar alguna cosa.
25. "Es así y basta"
es una frase que genera rabia. Y uno verdaderamente rabioso puede en ese
momento tratar de cambiar las cosas y decir: "Pues ya no es así".
"He aquí la razón" es una frase que condena como irracional
toda tentativa de disenso. Ésta es la frase verdaderamente autoritaria.
26. Dos personas tratan de
entenderse. Llegan al punto en que ambos dicen: "Es así y basta".
¿No somos devueltos a la inconmensurabilidad de las teorías
al encerrarse cada uno en su mundo? No, porque mientras no podemos cambiar
nuestros esquemas conceptuales, podemos cambiar nuestra teoría.
Por una multiplicidad de razones y una multiplicidad de mundos. Cuando
se llega al "Es así y basta", e incluso antes, lo que cuenta es
la persuasión.
27. Tratar de persuadir a
alguien implica entender su posición, sus criterios, sus necesidades.
Tener esquemas conceptuales diferentes a los de alguien supone, tal vez,
no considerarlo siquiera una persona. O considerar personas también
a las termitas.
28. Jugar con la Verdad,
con la Realidad, con el Gusto: significa dar un giro en nuestras creencias
pero, sobre todo, poner en crisis los criterios que cada uno considera
infalibles a priori. Por ejemplo: "Es verdad porque lo ha dicho el periódico",
"Es verdad porque lo ha dicho Aristóteles", "Es verdad porque es
coherente".
29. Jugar con las cosas serias,
he aquí el pecado de Luther Blissett. Mostrar que la inmovilidad
no es el único comportamiento, en el negocio de los objetos en vitrinas.
Jugar, he aquí el irracionalismo. La persona racional no puede permitirse
jugar. Discuten racionalmente aunque sea de una partida de póker.
El mito
de la Razón
Sin necesidad de incomodar a
Nietzsche podemos afirmar tranquilamente que desde hace más de medio
siglo la contraposición "racionalismo / irracionalismo", por lo
que concierne a la ciencia en general y a la epistemología en particular,
está puesta en crisis. No ha sido Blissett y tampoco la Nueva Derecha,
sino personajes del calibre de William James, John Dewey, Ludwig Wittgenstein,
Walter Benjamin, Thomas Kuhn, Paul K. Feyerabend, Richard Rorty, Jacques
Derrida, etc, etc. Estos no podrían ciertamente ser acusados de
haber jugado en favor de un resurgimiento fascista, puesto que todos ellos
se distinguieron o por un fracasado liberalismo de estampa anglosajona
o por un "anarquismo epistemológico declarado y adaptado, en el
caso de Benjamin y Derrida, por una reactualización del pensamiento
marxiano. La filosofía no-positivista y no-intelectualista, la filosofía
del lenguaje para entendernos, siempre se ha guardado bien de caer en el
idealismo o en el espontaneísmo absoluto. Es decir, no ha caido
en el error opuesto a aquel de los neo-positivistas, pero se ha esforzado
por abrir nuevos caminos para una nueva cultura filosófica (o post-filosófica,
que diría Rorty). Ha tratado de procurar un modo diferente de mirar
las cosas, y haciendo esto ha vuelto más interesante nuestra vida.
La intuición esencial
es aquella para la que no existe un paradigma único con el cual
mirar el mundo para representárselo de la manera justa; nada genérico
se da en la historia del momento que es imposible abstraer de la historia.
Nuestras visiones son contingentes, históricas y culturales, siempre
susceptibles de ser reencontradas e interconectadas de todas formas con
el sistema de creencias en el que estamos inmersos.
Así, por ejemplo,
la idea de un progreso científico por "acumulación" progresiva
de datos a través del Método, resulta al menos infantil y
al mismo tiempo autoritaria, no menos que aquella idea hegeliana de un
camino unidireccional a través de la autoconciencia del Espíritu.
No hay pureza en la razón: los científicos son humanos, insertos
en un contexto cultural-lingüístico, y no pueden revelar nada
del mundo como es en sí. Pueden decir cuál es la teoría
sobre el mundo en el estado actual de la creencia/conocimiento científico.
Nada nos garantiza que dentro de cincuenta años no se pueda descubrir
que los átomos y los electrones no existen.
Yo no me apeno por nada de
esto; me parece preferible un mundo en el que exista una vasta gama de
elección entre teorías y puntos de vista diversos, a un mundo
en el que reine la aceptación unánime de una sola Verdad.
Y la idea de que el camino humano transcurre hacia un margen siempre mayor
de certeza y la Historia hacia una ineluctable conclusión, me aterroriza,
me pone delante de los ojos la imagen encorvada de Bernardo Guy frotándose
las manos.
La ideología racionalista,
que ha encontrado en Galileo y Newton sus epistemólogos y en los
Iluministas su teoría política, ha tratado de mantener para
su propio beneficio un sentido de devoción hacia la Verdad, una
verdad material, empírica, pero una por siempre y una sola, una
verdad que basta desvelar a través del análisis de la historia
y el mundo circundante. Una Verdad estática e inmutable que se revela
paso a paso a los ojos de la Razón (al Ojo de la Mente).
Blissett, siguiendo otra
tradición, aquella pragmatista, piensa en cambio que la verdad/creencia/visión
del mundo no se contempla, sino que se crea, a través de la recombinación
múltiple de hechos, teorías, valores. La clave es que Galileo
cumplía una actividad creativa cuando construía su modelo
científico, creativo y revolucionario respecto al estado normal
de la ciencia de su época, que ya había alcanzado su propia
Verdad y que justamente lo consideró un herético, es decir
-según una analogía medieval conocida- un falsario. Galilei
no descubrió nada bello: por el contrario, la Verdad se devanó
bajo sus golpes, el margen de incerteza aumentó para todos, el Hombre
fue teletransportado del centro a la periferia del universo, el principio
de autoridad fue minado radicalmente. ¿Fue un progreso hacia una
verdad más verdadera que aquella aristotélica? ¿Se
correspondía mejor con la Verdad Objetiva ahí fuera? ¿Quién
puede decirlo? Nuestro juicio está condicionado por el hecho de
que somos hijos de Galileo, sería como pedirnos que diésemos
una opinión acerca de nosotros mismos. Seguramente desde nuestro
punto de vista fue un mejoramiento. Fue la puerta de acceso hacia una sociedad
más interesante, más libre y articulada. Es todo lo que podemos
decir. Tanto más cuando en el siglo XX, teorías como la de
Planck (mecánica cuántica) o de Heisenberg (principio de
indeterminación) han minado inexorablemente los principios de la
física newtoniana y el modelo empírico-observacional de Galileo,
revelando sus límites intrínsecos, y han sugerido que la
aplicación de la Lógica al ámbito científico,
en un largo periodo puede revelarse más bien un impedimento que
una ventaja. El padre de la lógica deóntica, G. H. von Wright,
debió admitir que la Lógica podía ser tomada como
un fundamento de la racionalidad humana, pero esto no implicaba ninguna
coincidencia de ésta última con lo real.
Es propio de esta perspectiva
que el límite entre "obrar racional" y "obrar irracional" se vuelve
lábil, los dos aspectos se compenetran y su contraposición
se hace forzada, un pseudo-problema. La racionalidad no existe. Nuestro
análisis/acción está siempre teñido de lo que
los anacrónicos iluministas llamarían "irracionalidad", rociado
de creencias, de preconceptos culturales, de emotividad y elección
arbitraria entre teorías. Comprender esto no significa estar dispuesto
a aceptar todo, a abandonarse al "puro instinto" o al qualumquismo generalizante
/.../. Aceptar la propia contingencia y complejidad al desembarazarse del
dualismo clásico no implica condenarse a la impredicabilidad, todo
lo contrario. Significa sencillamente que estaremos interesados en la articulación
de las formas de vida y de la vida misma, en la globalidad de sus aspectos.
Significa que no estaremos interesados en cambio en hipostasiar la distinción
entre actuar racional y actuar irracional para lograr aislar la irracionalidad
como una bestia negra que hay que abatir a tiros, como un obstáculo
en el camino hacia la autoconsciencia en la historia. Negar una componente
importante de nuestra existencia lleva a esconderse detrás del dedo
reaccionario de una ideología absolutista. Esto equivale estratégicamente
a pretender impugnar la religión sustituyendo a Dios por la Razón
Divina (Robespierre).
La constatación de
que nuestra vida y nuestra visión del mundo están hechas
de racionalidad e irracionalidad al mismo tiempo y sin solución
de continuidad hace imposible leer la historia como un proceso de afirmación
progresiva de una racionalidad intrínseca. Es la diferencia entre
ver la revolución como un paso adelante, como el añadido
en el camino linear (acumulativo-dialéctico) de la Historia o verla
en cambio como el salto cualitativo hacia una visión de la cosa
y un plano de realidad radicalmente distintos de aquellos que son eliminados.
Es la diferencia entre pensar con Hegel que la dialéctica corresponda
a lo real y pensar con Wittgenstein que esa sea solamente una de las teorías
mediante las que interpretar el mundo y la historia, no necesariamente
la más justa ni universalmente la más útil.
Dos son las cuestiones que
han empujado a la masa a rebelarse contra el estado de cosas presente:
la insoportabilidad de las condiciones de vida; y la visión de un
mundo mejor que se supone realizado después de la revolución.
Sin embargo, no hay nada de puramente racional en estos dos elementos.
Existe sin embargo mucha inmediatez y escasez de análisis. El análisis
-indispensable- lo hacen siempre los teóricos; la participación
de las masas se fija a motivos bien diferentes, más concretos y
emocionales, no por ello menos válidos e importantes. Y a quien
me viene a decir que necesita seguir el Método Revolucionario, respondo
que hasta ahora todos los métodos han fallado, puesto que el comunismo
está bien lejos de su realización, por lo que dejar de investigar
ahora sería dormirse en los laureles (?) de un pasado cada vez más
remoto.
A lo que quiero llegar es
a asumir el hecho de que, siguiendo una buena actitud pragmatista, ninguna
cosa puede ser juzgada indigna a priori de ser usada a fin de sugerir una
visión de la vida distinta de aquella que se nos ofrece cotidianamente.
Una metodología pragmatista-blissettiana
nos aconseja formular análisis, vale decir hipótesis, respecto
a determinados fines, y verificarlos en la praxis. Confrontando los resultados
y los fines descubriremos dónde no ha funcionado el análisis
y podremos corregir el tiro. Esto es lo que Blissett está haciendo
con las categorías de identidad y de individuo, y con la teoría
corriente de la verdad.
El mito
del "Yo"
IDENTITARIO: ¡Queridísimo
Luther, encontrarte es siempre un placer! He pensado que podía traerte
un pequeño regalo para testimoniarte mi amistad: un cuadro al óleo
pintado por mí.
LUTHER: ¿Un cuadro
pintado por tí? ¿Un cuadro tuyo? ¿Algo que no he hecho
yo?
ID.: Bueno... lo he hecho
yo
LUT.: Precisamente: si lo
has hecho tu, yo no sé qué hacer con él.
ID.: Perdóname, pero
no comprendo tu resentimiento. Yo pensaba que te gustaría tener
en casa algo mío; soy un pintor reconocido.
LUT.: Escucha, amigo: tu
me traes un objeto del cual te dices autor, es decir una cosa sobre la
cual ejerciste artísticamente tu autoridad. Piensa que, si un amigo
me regalase un caballo que respondiese sólo a sus órdenes
y con el resto se quedase parado rumiando achicoria, ¿no crees que
debería resentirme con aquel amigo?
ID.: En ese caso sí.
Pero cuando lees un libro escrito por otra persona, esa lectura te reporta
placer.
LUT.: Ciertamente. Y me es
útil en la misma medida en que me puedo servir de las ideas en él
contenidas para mi beneficio. Y yo soy útil a esas mismas ideas
en la medida en que les permito reproducirse y desarrollarse en mí
y en otros cerebros. Es como si la evolución avanzase a menudo gracias
a la distorsión, al reciclaje de órganos. Como si cualquier
idea entrara a formar parte de otra persona y fuera asimilada a él,
de modo que cualquier cosa absolutamente extraña al ser, no producto
de sí mismo, contribuirá a producir su propia historia.
ID.: Cierto, nos nutrimos
de ideas y estamos hechos de ideas. Pero no es la idea la que nos crea:
nosotros la elegimos.
LUT. ¿Y quién
se encarga de elegirla?
ID.: Yo, o sea mi Personalidad,
que escoge la idea que se le adapta mejor y que le parece más de
acuerdo consigo.
LUT.: ¿Y qué
sería de tu Personalidad, si la separas de la idea que infecta tu
cerebro en este momento y que, junto a todas las demás, son el "humus"
del cual nace el Gran Relato que tú llamas con el nombre de Yo?
ID.: Explícate mejor,
Luther, pues empiezo a inquietarme.
LUT.: Somos como las aves
que construyen su nido con todo lo que encuentran y llama su atención.
Estas aves no son exactamente lo que están haciendo, sencillamente
lo hacen. Lo mismo se puede decir de nuestro cerebro, que representa, y
sobre todo se autorrepresenta, una historia construida como un montaje
de ideas, situaciones, personas que ha encontrado. Esta historia, este
texto, somos nosotros. No se trata de ningún Autor. En ocasiones
se producen de pronto varias ediciones de determinado texto, pero no es
el Editor el que elige entonces qué llevar a la imprenta. Una de
las ideas más arraigadas que hospedan los miembros de nuestra cultura
es que el texto es el producto de una Conciencia, de una Voluntad.
ID.: Pero entonces, ¿qué
es el producto?
LUT.: Piensa en mí.
Yo tengo una biografía muy precisa, pero ¿se puede decir
que ha sido producida por alguien en concreto? Los mitos y las leyendas
proliferan, se afirman, se difunden. ¿Quién puede decir que
inició la cadena?
ID.: Tú no eres el
ejemplo más adecuado, ya que eres un condividuo. Pero ¿qué
dirías de un individuo como yo?
LUT.: Diría que se
obstina en considerarse individuo porque la sociedad lo ha producido de
esta manera, y no sabría dónde reposar la cabeza si no pudiera
individuar, siempre, al responsable de una acción cualquiera. Diría
que en el budismo la Conciencia Individual (Vijnana) es el tercer Anillo
(Nidana) de una cadena de 12 elementos (Paticca Samuppada) que lleva de
la Ignorancia (Avidia) al Dolor.
ID.: Sostener esa idea es
muy peligroso, querido Luther. Si no tuviéramos conciencia, así
como un yo, si no somos Autores de nuestro discurso, ¿qué
sería de nuestro sufrimiento y de nuestra alegría? ¿qué
objetaríamos a quienes nos quieren oprimir, a quienes nos quieran
imponer su autoridad? Un amigo mío que tiene ideas similares a las
tuyas y decía que los derechos de Autor son un robo se puso enfermo
cuando otro escritor se inscribió en la S.G.A.E. con un texto suyo...
LUT.: A quien nos quiere
robar la gloria, responderemos que la gloria no tiene dueño. No
que los dueños seamos nosotros. Los sentimientos no son una cosa
material, y no conocemos los confines del cuerpo. Fluimos a través
de él como el agua a través del caudal de un torrente. Y
este caudal lo modelamos, lo hacemos brotar de mil modos diferentes. Esto
es lo que importa: que alguna célula del condividuo modifique sus
sentimientos de una manera distinta y original. No si puede ser original
respecto a sí mismo: el único modo de serlo es no considerarse
de esa manera [un Yo].
ID.: Tú elogias la
esquizofrenia, como ya hicieron tantos que estaban sanos antes que tú.
Pero no creo que una víctima real de ella estuviese de acuerdo contigo.
LUT.: Tienes razón.
El esquizofrénico es un individuo que, sintiéndose exteriormente
amenazado, esconde su verdadero "yo" en una celda inaccesible, y muestra
a los otros una máscara, de manera que las cosas terribles que suceden
a su alrededor no le afecten realmente. La esquizofrenia es el resultado
de la más obstinada defensa por parte del individuo. Pero la mejor
defensa no es poner diversos "Yos" dentro de un solo cuerpo, sino poner
diversos cuerpos en un Yo.
ID.: En resumidas cuentas,
el Partido Masa.
LUT.: No, todo lo contrario.
Porque en el Partido Masa todos los cuerpos terminan catalizados en la
misma idea. En el condividuo los cuerpos son otros tantos centros de elaboración
de datos, de creación de ideas y sentimientos. Como los escollos
del torrente, diríamos... Con la diferencia de que los escollos
son pasivos, inmóviles. Los cuerpos en cambio no esperan la llegada
de la idea como si se tratase de una gracia celeste, sino que causan la
corriente como las masas que hundimos en un lago artificial.
ID.: ¿Y qué
hay que hacer para convertirse en condividuo?
LUT.: Basta renunciar a la
propia identidad, con todas las ventajas que esto comporta. Zambullirse
en oleadas de sentimientos de rabia y alegría que sientes fluir
en torno tuyo, reelaborarlas, sin poner tu marca, tu firma. Porque no sabría
qué hacer con un trabajo firmado e igual a tí: es algo acabado,
del que tú has decretado el final y al cual nadie podrá añadir
nada nuevo. La no identidad del condividuo marcha pareja con lo inacabado.
LUT.: Es ésta una
conversación muy provechosa, Luther, y aunque no completamente,
me has convencido...
LUT.: ¡Dirás
mejor: me ha convencido!
El
mito de la Historia
Es como perder el tiempo en
vivir. Vasco Rossi
La Historia de la historia
La Historia no es más
que una historia. La idea absolutista de que la Historia es la Verdad (que
exista una verdad histórica inapelable y perfectamente cognoscible)
es minada objetivamente por el hecho de que algunas épocas han reescrito
de arriba a abajo el pasado para uso y consumo del presente. Basta pensar
en el ejemplo de los vuelcos en el juicio que ha sufrido en el tiempo un
periodo importantísimo como el Medioevo: los Iluministas lo consideraron
la era del oscurantismo, una especie de paréntesis sin nada digno
de mencionar; pocos decenios después los románticos nos descubrieron
muchos aspectos, exaltándolo como el reino de la imaginación,
del folklore, de la pasión, del gótico, etc. La historia
debe ser reescrita por alguna nueva generación, porque aunque el
pasado no cambia el presente sí lo hace; alguna generación
revolverá el pasado buscando la diversidad, y en los diversos aspectos
revividos de la experiencia de sus predecesores encontrará que tiene
con ellos muchos puntos en común. Christopher Hill
La reconstrucción
histórica que se nos da por verdadera tiene ya en sí algún
rasgo de absolutismo. El historiador, se escucha por todas partes, es un
detective que busca indicios con los cuales reconstruir hechos y situaciones.
Pero así como Nathan Adler no podía estar seguro de su inducción
final, porque él no estaba allí, aunque hubiese estado presente
no tiene derecho a que su punto de vista merezca mayor crédito que
el de los demás testigos (Rashomon docet).
La Historia es solamente
una historia, la reconstrucción de un plot, de un ambiente, de una
trama parcial; es la recepción de índices, de fragmentos
que parecen confirmar o confutar hipótesis, sobre la base de las
exigencias presentes, actuales y nunca eternas. No hay verdad en ningún
sitio, sino verosemejanza.
Por otro lado, los movimientos
revolucionarios se sostienen en primer lugar sobre una relectura arbitraria
de la época histórica, finalizada para afrontar la apuesta
del presente.
"La historia es objeto de
una construcción en cuyo lugar ya no está el tiempo homogéneo
y vacío, sino el tiempo pleno de la "actualidad" [Jetztzeit]. Así,
para Robespierre, la Roma antigua era un pasado cargado de actualidad,
que él hacía brotar del continuum histórico. La Revolución
Francesa se entendía como una Roma retornada. [...] Pero este salto
[en el pasado] se convierte en una arena donde manda la case dominante.
El mismo salto, bajo el cielo libre de la historia, es aquel de la dialéctica,
que es como Marx entendía la revolución."
Walter Benjamin: Tesis
sobre filosofía de la Historia
La lucha sobre el terreno
de la historia es fascinante y probablemente indispensable para subvertir
el mundo y la Historia del mundo, para impedir que los saltos se gesten
desde lo alto. He aquí por qué el "materialismo histórico"
no puede cometer el error de intentar defender una Historia, una y una
sola e inapelable Versión Oficial. Sería conducir otra vez
la lucha al interior de una conciencia monoteistica del mundo y de la vida.
Resurrectio mortuorum
La defensa a ultranza de
la Memoria Histórica es el altar sobre el que se oficia de nuevo
el cristianismo, la pretensión de cristalización del pasado
a la que corresponde la muerte del presente.
La misión que Cristo
confía a los apóstoles es la de andar por el mundo testimoniando
la venida de Dios sobre la tierra y su retorno para saldar todos los debates
pendientes en la Historia.
La Verdad dada y consignada
la da Dios en persona: no hay nada que añadir, la Historia tiene
finalmente un Fin y una Dirección, es decir, una entre tantas.3
El memorismo, este lustrar
lápidas que conserva intacta la idea cristiana de martirio (testimoniada,
preciso, de veras), este "embellecer los muertos", bien dispuestos dentro
de su tumba, encuentra su razón de ser en la lucha espectacular
contra el intento revisionista de esconder los índices, o de traer
a la existencia una nueva trama. Se trata de la lucha por la posesión
de los cadáveres, de los despojos. Es la vida vencida por la muerte,
la cruzada por la "justa" interpretación de las Sagradas Escrituras,
por el monopolio de la Versión Oficial.
Toda relectura de la historia,
por lo tanto, es instrumental, toda verdad está referida a nuestro
contexto espacio- temporal, es juego lingístico, Network, Gemeinwessen
si se quiere. Quienes se desmarcan de cualquier responsabilidad en el conflicto
del (pobre) Cristo muerto por nosotros - en nuestro lugar, para dejarnos
vivir liberados de la culpa -, no está dispuesto a sufrir el chantaje
de la memoria. Aceptan la apertura de la Historia a la posibilidad de sus
infinitas reescrituras. Esto no implica respetar a los Escribas Oficiales
de turno ni cancelar a sus opositores de la foto. Ellos son detectives,
y además buenos en su misterio. Sino que pretenderán utilizar
la historia, interaccionar con el pasado sin importarles ninguna sacralidad,
añadirse a la fotografía (abajo a la derecha, con el bigote
postizo). El Espíritu Libre ha abstraido la máxima de Cristo:
"Dejad que los muertos entierren a los muertos"; para él evocar
a los muertos no significa poner los féretros en fila (el Nuevo
Testamento comienza con un catálogo cronológico de difuntos,
la genealogía de Cristo) reduciendo el momento de la vida al de
la conmemoración, sino sacarlos fuera de la tumba, destrozar las
lápidas y los epitafios escritos sobre ellas, profanar los sepulcros
y arrastrar los espectros hasta las barricadas del presente. Es el presente
mismo que se dilata en el espacio-tiempo e invoca desde la vida y para
la vida, las vidas de Giovanni de Leida, de Giovanni de Patmos, de Spartaco
y de Jacques de Molay, de Frank Zappa y del capitán Henry Morgan.
El Espíritu Libre
(el "materialismo histórico") es el desenterrador por antonomasia.
El Espíritu Libre
está con los que han abandonado deprisa el Calvario de la Memoria
después de haber ganado una túnica a los dados. Los mismos
que habían traido trucados de casa.
Apocapitalismo y Fin de la
Historia
La fe es el miedo a un final
que podría no llegar nunca. Sergio Quinzio
Tanto han gritado el apocalipsis
que ya no vendrá. Por otra parte, aunque viniese, no podría
distinguir lo bello y lo bueno de la suerte cotidiana reservada tanto al
individuo como a la comunidad. Raoul Vaneigem
El Apocalipsis no es otra
cosa que la cotidianidad. Es la suspensión de la vida en la espera
de la muerte (de un tiro, de una cuchillada, de un accidente, del SIDA,
del ecocataclismo e incluso de la vejez). El Apocalipsis es el régimen
de supervivencia al que está condenada la mayor parte del mundo.
Apocalipsis: revelación desde lo alto, fin de la Historia, acto
impositivo de un Dios que trasciende nuestro mundo y nuestra voluntad.
El Apocalipsis no es otra cosa que la vida en la sociedad (apo)capitalista.
La vida que no busca porque ya está presente. Un presente vacío,
que vive en la nada, o más bien no tiene nada que hacer con la vida,
y que se sostiene sobre la riqueza económica.
"La tradición de los
oprimidos nos enseña que el "estado de emergencia" en el que vivimos
es la regla. Debemos alcanzar un concepto de historia que corresponda a
este hecho. Debemos ahora afrontar, como nuestro compromiso, la creación
del verdadero estado de emergencia; esto mejorará nuestra posición
en la lucha contra el fascismo. Su fortuna consiste, no en último
lugar, en que sus adversarios lo combaten en nombre del progreso como de
una ley histórica. El asombro ante el hecho de que las cosas que
vivimos sean "todavía" posibles en el siglo XX es cualquier cosa
menos filosófico. No es el inicio de ningún conocimiento,
si no es el de que la idea de historia de la cual proviene ya no se sostiene."
Walter Benjamin, op. cit.
El fascismo, la estrategia
del terror, la economía... son apocalípticos. Por eso el
presente mesiánico, el verdadero estado de emergencia, no puede
más que corresponder a la aceleración del apocalipsis, de
la revelación desde abajo, en la que la alienación y el tedio
sean reactivados y transformados difusamente en la carga vital que haga
"saltar el continuum de la historia" (W. Benjamin)
El apocalíptico, esclavo
de una visión lineal de la historia (de una Versión Oficial),
vive en la suspensión de la vida que comporta el régimen
de supervivencia - en la angustia de la muerte (la suya y la del mundo)
-, en el terror del final. El sistema de producción apocapitalista
se funda enteramente sobre este miedo, sobre el pánico de la pérdida
de lo poco, sobre la reducción de todo individuo a centinela de
su propia muerte.
El hipocalíptico en
cambio toma mucho o todo, juega con el fin del mundo, flirtea con él,
apuesta (por) la propia vida, haciéndola estallar en el fin de este
mundo. Y no hay para él estrategia de terror que lo detenga, puesto
que el hipocalíptico ha renunciado a tener poco de lo poco y hace
surf sobre la cresta de la Última Ola, afirmando así su categórica
inaccesibilidad al chantaje.
El Espíritu Libre,
el materialista histórico, el hipocalíptico, el surfista,
son Cristo que dice: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"
(Mateo 9, 13). Si ni siquiera a Dios le interesaron los puros, la gente
honesta y pulcra, los santos y los héroes, ¿por qué
deberían interesarle al hipocalíptico? ¿Por qué
debería tratar de perseguir una presunta pureza, tan cara al franciscanismo
(ese sindicalismo de la herejía), al anarquismo, al fascismo y a
las demás sectas de la plaza? ¿Para qué? ¿Para
mantener pura la fe moral ante el Último Día?
La revolución no es
una cena de gala. El Hipocalipsis viene apuntando desde abajo, desde los
cimientos de la sociedad. Es una contaminación letal que no previene
mediante buenas acciones de testimonio o de categórica afirmación
del propio Yo-Sí, sino que exige el derecho a mancharse las manos
y caminar por la izquierda, de usar los dados trucados, de insinuar por
cualquier medio la fragilidad del templo del poder. Es un flujo de conciencia
de un millón de mentes, la culminación de la Guerra Psíquica.
No la apocalíptica espera perenne del Momento Oportuno, sino una
lenta filtración viral que inocula el cáncer en el sistema.
La espera, el testimonio (el martirio), la Resistencia, se sitúan
en la prospectiva de un Evento (el Segundo Sábado) que ya está
instalado, no tiene nada ni a nadie que esperar. No va a venir nadie. No
habrá ningún Encuentro Final dentro o fuera de la historia.
Cristo prometió volver
al cabo de una generación y no cumplió su palabra. Tal vez
no había nada que cumplir por su parte: somos nosotros la parusía,
la parusía con nosotros mismos, la comunidad humana. Y en este punto
ya no podemos llamar herético a nadie, puesto que ya no se trata
de una elección: ¡Hic Rhodas hic saltat! Es cuestión
de vida o muerte. No podemos esperar todavía el día bajo
el reinado del Apocalipsis (la Economía) ante la visión de
la vida y de la historia que se impone, a menos que queramos condenarnos
a una momificación prematura.
Nadie se remonta más
allá de su presente. Pero ninguna época ha propagado mejor,
oscureciéndola también inevitables confusiones, la sensación
de que todo se juega ahora.
Raoul Vaneigem
Luther Blissett