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Arte y Política por Werner Schmalenbachdel
catálogo de la exposición Kurt Schwitters realizada del 28
de septiembre al 5 de diciembre de 1982
en la Fundación Juan March de Madrid. (traducción de Stella Wittenberg) Kurt
Schwitters no quiso ser un artista político. Pero, ¿acaso no lo
fue? Una respuesta rápida
podría darse según los aspectos políticos descifrables en
dos de sus grandes
composiciones-Merz de los años 1919 y 1920, el Arbeiterbild (Imagen de obreros) (Moderna Museet, Estocolmo) y el Sternenbild (Imagen de las estrellas) (Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen,
Düsseldorf). En primer lugar, consideremos
el Sternenbild. En medio de una gran variedad de material viejo, organizado según principios
compositivos cubistas-futuristas, aparecen trozos de
periódico con fragmentos escritos. Se leen o involuntariamente se componen,
palabras como: canciller del imperio, sangriento, carta abierta E. Mathias (Erzberger), corrupción, hambre, teniente
general. Se pueden hacer diversas asociaciones entre unas y otras, y además también entre el mundo de la
política y el de la miseria de
los primeros años de posguerra, sugeridas por los materiales de desecho.
El título Sternenbild hay que entenderlo irónicamente, sin lugar
a dudas, dado que los emblemas cósmicos del sublime
sentimiento expresionista se han convertido en tristes tapaderas de cartón y latas de conserva. Tanto por las citas en el
terreno político como por el
contenido expresivo de los materiales empleados, se trata de una composición testimonial, y en esto juega un
papel importante la tipografía de fatales caracteres góticos, utilizada en la prensa de la
época. Forma, material y textos, constituyen la intensa elocuencia histórica del cuadro.
Pero Schwitters no toma expresamente partido, ya que cede la iniciativa
al espectador para que se forme sus propias conclusiones y reconozca que, desde luego, no se trata del testimonio de un
simpatizante de los poderes oficiales,
sino que en realidad existe una oposición expresa en la obra. Mucho más que el Sternenbild
suscita el Arbeiterbild la apariencia de querer ser una
manifestación política. La palabra Arbeiter aparece con una
grafía roja de periódico, mezclada entre latas,
tapaderas y tela metálica. Este Arte pobre, en
estrecha unión con los enrojecidos
materiales, opera como una proclama de rebeldía. Si uno realiza
el esfuerzo de leer los diminutos textos adyacentes, entonces descubrirá
entre otras cosas que bajo estos
puntos de vista se han
convocado la mayoría de las últimas huelgas. En resumen, uno no averigua nada, pero, sin
quererlo, se han asociado significativamente los conceptos de huelga y
obreros. De ninguna manera son deducidos contenidos ideológicos políticos, sino que se trata de crear un clima general.
Uno se siente tentado de asociar al obrero rojo, el artista rojo. Pero,
¿acaso representa realmente el
cuadro -por encima del irreflexivo ímpetu antiburgués- una declaración de solidaridad del artista con
los obreros? ¿Significa acaso -por encima de los mecanismos de expresión revolucionarios- una acción
revolucionaria o la llamada a
ésta? Schwitters se ha expresado en relación a la revolución
de 1918 con una claridad que no deja lugar
a dudas: «De repente surgió
la gloriosa Revolución.
No creo demasiado en este tipo de
revoluciones, para las que la humanidad aún no está madura. Es como si el viento
sacudiera del árbol las manzanas todavía verdes. ¡Qué
pérdida! Y con esto había
terminado todo ese fraude que los hombres llaman guerra. Ahora comenzaba realmente mi ebullición. Me sentía
libre y tenía que gritar a los
cuatro vientos mi alegría.
Por ahorro, utilizaba para expresarme todo lo que encontraba, pues éramos un
país empobrecido. Se puede
también gritar con restos de basura y lo hice encolando y clavando estos desechos. Los denominé MERZ, eran como mi oración por el final victorioso de la
guerra, pues, una vez
más, había vencido la
paz. De cualquier forma todo estaba destruido
y era válido empezar a
reconstruir lo nuevo a partir de los
escombros. Esto es, pues, MERZ... Albergaba en mí una imagen de la
revolución no como realmente fue, sino como hubiera
debido ser». Schwitters
no quería saber nada de una violenta revolución política.
A él le interesaba solamente la revolución
artística. Pero era consciente de que esta revolución
artística no era un fenómeno
aislado. Cuando él formulaba su principio reconstruir lo nuevo a partir de los escombros, los escombros
se referíar a ía realidad extra-artística; lo nuevo, a su arte. La realidad estaba en el juego,
al.-aje Schwitters, con gran insistencia, se refiriera al arte y sólo al
arte. La real daa era esa en la que él había nacido o la que se había desarrollado a lo largo
de su ,aa a ourguesía alemana del estado imperial, especialmente en su virtuosa modal dad.
-a-overiana, la guerra mundial, la revolución, la inflación, la
restauración de los año-z .~ nte y
treinta, la ascensión del nacional-socialismo, la
emigración y la guerra. Toco n`ervenía en su obra, y
su postura frente a estos sucesos era unívoca.
Todo e cp_- c{erentes aspectos, le ofrecía tema, tanto para sus collages como para
sus poe^as. Mientras la situación política le dejaba vía libre, dirigía su
burla, antes con la pa:ao-a o,ue con la imagen, al
mundo del alemán provinciano.
Cuando este provinciano se r zo poaeroso y violento y le robó su última libertad de loco,
abandonó el pais En los primeros años-Merz, alrededor de 1920,
Schwitters se manifestó frecuentemente
contra la politización del arte, que estaba a la orden del día.
Estas tomas de postura se
dirigían sobre todo al círculo dadaísta de Berlín,
cuyo portador Richard Hülsenbeck
había suplantado el dadaísmo por una cuestión
germano-bolchevique, y al que
artistas de la categoría de George Grosz y John Hartfield le eran
afines. En una autodescripción titulada MERZ, de 1921, Schwitters ataca
vehementemente a los Hülsendadaisten
*(Dadaístas-vaina) que confronta a los Kerndadaisten (Dadaístasnúcleo), los auténticos, para posteriormente manifestar con rigor: MERZ se propone, como principio, solamente
el arte. En 1923 publica en el
segundo número de su revista MERZ
el Manifiesto de Arte Proletario firmado por él y sus
amigos Hans Arp, Theo van Doesburg y
Christof Spengemann, donde vuelve a desairar a los 'berlineses'. El
Arte, se dice allí, como nosotros
le deseamos, no es ni proletario ni
burgués, ya que desarrolla
fuerzas que son suficientemente
fuertes para influir
en°toda la cultura, en
lugar de dejarse influir
por situaciones sociales, y con
lógica aplastante demuestra Schwitters que en el fondo es lo
mismo si alguien pinta un ejército rojo con Trotsky a la cabeza que un ejército imperial con
Napoleón a la cabeza. Para un dadaísta,
paradójicamente se asocia este concepto de arte decididamente estético con la trivial representación
burguesa de una función consoladora y redentora: El arte
es una
función espiritual del ser humano, cuya finalidad es liberarle
del caos de la
vida (tragedia). Pero
Schwitters va más lejos y dice: El sumergirse en el arte aproxima al
sacerdocio, en cuanto que supone la
liberación del hombre de las
preocupaciones de la vida cotidiana.
Mal se interpretaría a Schwitters si este tipo de declaraciones, que desde luego no son
pocas, no se quisieran tener en cuenta en
favor de una imagen actualmente idealizada. Igualmente equivocado sería
seguir las declaraciones verbales de Schwitters y darse por satisfecho
con su panfletario credo MERZ es forma. Esto significaría
considerarle igual que un Hülsenbeck, es decir,
como un insignificante maestro romántico sin trascendencia
histórica, como un Spitzweg
en traje Dada. Significaría también ignorar su radio de
acción y su gran influencia póstuma, pues semejante
influencia no puede descansar solamente sobre el innegable encanto
estético de sus creaciones, pero, sobre todo, significaría minusvalorar la provocación histórica
-hoy se diría incidencia social- que el arte de Schwitters poseía indudablemente en su
tiempo. Su plástica, al margen de su pálpito meramente
artístico, no se movía en busca de una eficacia estética
sino que se desarrollaba dentro de una
esfera por él mismo convertida en insegura. Su plástica era
una provocación permanente a la sociedad, una provocación
espeluznante, un ataque singular a los bastiones de la conciencia. En tanto que
creaba inseguridad y
sorprendía, condenaba las propias tesis pacíficas de las mentiras
de su creador. Un
arte de este tipo era, por naturaleza, rebelión, aun cuando el rebelde
llevara una vida burguesa -de la que
escapaba en innumerables ocasiones-, y representaba sorprendentemente
máximas artísticas burguesas. Que un cuadro llevara la
inscripción en rojo obreros, significaba poco,
porque en otro cuadro de las mismas
características se leía la palabra MERZ que posteriormente daría nombre a la plástica de ensambaje de
Schwi±ters. una palabra o anti-palabra vacía de significado, no sospechosa
políticamente y sin embargo no menos panfletaria colocada sobre el cuadro obreros. Otras composiciones-MERZ contenían otras palabras, incluso
humorísticas, de tal manera que el Arbeiterbild en tanto que
connota lo político, representa una excepción y por ello no puede
utilizarse como ejemplo. Schwitters no denominaba positivo al obrero, llamaba negativa a la sociedad con sus esquemas
de valores pervertidos desde antiguo. En ello consistía su incidencia social, y en este sentido era
político. El
que las innovaciones artísticas como tales, puedan repercutir
socialmente, es un signo esencial del irreversible
desarrollo artístico a partir del siglo XIX. En etapas anteriores este contenido
social iba de la mano de una temática artística. Desde que la misma forma fue tematizada en el arte, las
opciones tienen lugar en este campo aparentemente esotérico y,
sociológicamente hablando, elitista. Incluso allí, donde la sociedad ofrece tema, no puede existir incidencia
social sin relevancia artística cuando un artista se siente
impelido a pronunciar una exhortación; ante tal hecho no podemos sino preguntarnos por la
categoría de su discurso: tiene que pasar por esta prueba. Schwitters no necesitaba, como
George Grosz, dibujar el rostro de la clase dominante para provocarla. Su provocación
consistía en la manera de hacer arte. Que él concediera a los desechos de basura dignidad
artística, significaba una inadmisible blasfemia
en el sagrado recinto de la cultura y sus protectores. Aunque él no
sacara su arte a la calle -lo que por otro
lado no hubiera sido valorado artísticamente-, introdujo la calle en el arte con su basura, con sus
restos de papeles abandonados, sus lemas,
sus clichés lingüísticos y por ello pasó a pertenecer
al grupo de aquellos que impulsaban
hacia adelante el proceso de profanación y desmitificación del
arte. El ataque de Schwitters contra
los tabúes estéticos, y al mismo tiempo contra las convenciones sociales, no poseía el radicalismo
del rechazo ni la mordacidad intelectual del, algunos años mayor, Marcel Duchamp, con su actitud
anti-artística. Ante su cuestionamiento
del arte, Duchamp estaba protegido por su imperio de artistas Naif y alegres creadores de
arte. La cuestión en torno a la negación del arte y el anti-arte,
no se presentaba en el artista nato que era,
a pesar de los i-dibujos y los i-poemas, en los que reduce el hecho artístico a un
nivel mínimo demostrativo, próximo al cero, a la manera de Duchamp en sus Ready-Mades.
Además, la agresividad de un artista como George Grosz resultaba extraña a la personalidad de
Schwitters, en razón de que
él siempre estaba dispuesto a reconciliarse por medio del humor y del
arte -ciertamente un requisito
previo- para que, posteriormente, pudiera ser aceptado más
fácilmente por la sociedad. Schwitters no era tanto un revolucionario
como un reformista: alguien que prefiere mejorar el mundo a sacarlo de quicio,
especialmente porque él mismo estaba
bastante influído por ese mundo, parodiado y socavado por él: un fantasma aburguesado, un aprendiz apátrida con sentimiento
hanoveriano. Este tipo de paradojas son en
gran medida las que conforman el encanto de su figura y de su obra, sin olvidar la literaria. En su etapa MERZ aparecía lo destructivo en
primer plano, aunque de manera expresa se
trataba de reconstruir lo nuevo a partir de los escombros. En la etapa
constructiva de los años veinte dominaba el claro deseo de influir en el
desarrollo de un estilo colectivo y transformar el mundo
reformándolo. Esto obedecía a su ética, aunque ello supusiera una pérdida de autenticidad. No
es casual el que las inquietudes de Schwitters, en estos años, abarcaran todo un amplio espectro de la cultura
desde el anuncio, pasando por la tipografía y la
fotografía, el teatro y el cine, hasta la arquitectura y el urbanismo. El artista no quería ser
sólo artista, su compromiso se dirigía, de manera más
directa y constructiva que antes, a la sociedad. A esto se sumaban sus escritos
periodísticos y sus diversas representaciones públicas:
necesitaba el diálogo con la sociedad,
necesitaba un público. Schwitters pertenecía al prototipo de
artista moderno, el que no se esconde
con su opinión detrás de la montaña, sino que se presenta
ante la opinión pública por medio de la provocación
o de la discusión lo que le diferencia del
genio artístico, tanto si es introvertido como extrovertido. Los
ademanes de genio los rechazaba
alegremente, los secularizaba en ademanes de loco, pero el tema de la locura era el de los moralistas y reformistas,
como se reconoció con posterioridad a los años del
delirio-dadá, cuando precisamente este artista derivó su amplia y
elevada responsabilidad hacia diversas disciplinas. Cuando a Schwitters, durante el exilio, se le
privó del reconocimiento público y de su auditorio, cuando su arte fue condenado a un monólogo, se
observó un rasgo de resignación
en todas sus expresiones. Es significativa su queja, en cierta ocasión desde Noruega, en el sentido de que se podía
todavía pintar, pero no influir. Y a pesar de ello existe en él una 'inmersión en el arte' y su
excepcional monólogo de la 'construcción-Merz'
supone, en definitiva, con su romanticismo, irracionalismo y personalismo
un Schwitters mucho más puro que el de sus contribuciones para la salvación de la humanidad. Schwitters
se situaba de esta manera a la izquierda, sin estar políticamente afiliado a
nada, y estando muy lejos de pertenecer al género del artista
apolítico, rechazaba cualquier forma
de expresión política. El nacional-socialismo le llevó a
entrar en el partido social-demócrata, pero fue un episodio
pasajero, simplemente la expresión de su
antifascismo. Por su propia ideosincrasia Schwitters amaba e/ centro, del que se distanció
artísticamente. Su creación artística era apolítica
pero llena de implicaciones políticas
y de provocación
social. A causa de esta provocación -y no sólo por el arte mismo- Schwitters no quería utilizar el arte
como vehículo, pues el debilitamiento artístico hubiera debilitado también aquélla. El
arte me resulta especialmente valioso como
para abusar de él como instrumento; me mantengo preferentemente alejado de los acontecimientos políticos... pero yo
pertenezco a esta época más que los propios políticos de este siglo. |
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